sábado, 7 de agosto de 2010

Andar desnudos el desierto



Foto: rosanaconda.spaces.live.com/
El Paraíso está cerca; en uno.
Pero el camino es el otro.
Y es lento y no muy seguro.
Eduardo Mitre
 Volví hoy, una vez más, al mandato bíblico de andar desnudos el desierto. A veces me siento como atrapado por sus resonancias. Como en una burbuja infinita a cuyo centro confluyen voces apenas inteligibles y mensajes entrecortados de una verdad que intuyo cercana y experimento inasible. Siento que ese mandato no se agota en la literalidad que aparenta contenerlo.
 Me pareció que ese desierto y ese desnudo andar de nómade estaban y ocurrían aquí, dentro mío. Que nada tenía que ver con ellos todo mi acudir cotidiano y solícito al deseo -casi siempre simbiótico- del otro -casi siempre indiferenciado-, en pos de esas "mercancías" que habrían de satisfacer mi corporalidad y también mi inmadurez. Que, en cambio, el mandato poco o nada decía acerca de las adyacencias y del reiterado transitar sus territorios. Que, sí, todo él se refería a algo que me era interior. Que esas adyacencias, las del acudimiento, eran, las más de las veces, sedentarismos similares a asentamientos de muertos, extramuros de la identidad y, por tanto, de la vida. Adyacencias por mí conocidas, por mí transitadas, y de las que el mandato nada explícito decía.
 Comencé a imaginar ese espacio interior como proceso, no ya como lugar. Sin otras referencias que las que surgían del mandato mismo: el imperativo -quizás la pulsión- de una creatividad siempre abierta y riesgosa y que habría de ser vivida en aceptación gozosa e irrenunciable, a pesar de la intemperie que sobre ella las adyacencias pudieran proyectar. Y, también, con las marcas propias de una gestación cuyo fruto final llevaría en sí la herencia genética de lo propio, la identidad de lo diferente y no categorizable. Esto comenzó a acontecerme al traspasar el umbral que me adentró en esa "psicología del atardecer" que Jung dijo caracterizar la etapa última de la vida.
 Pensé que allí, en ese lugar-proceso, la desnudez era el estado natural y que, naciendo "vestido", el despojamiento habría de retornarme a él. Desierto y desnudez que yo habría de generarme, que no habría de ser ausencia enajenante de mí, sino ausencia de los otros. No de todos los otros, sino de aquellos otros que, en cuanto hambrientos de una identidad renunciada, devoraban y devoran la otredad que era y soy para ellos. De aquellos otros que, afectados por la sujeción a la pulsión destructiva de lo propio, de la diferencia y de la desnudez, hicieron de su sordera muros impenetrables al mandato. Apenas sobrevivientes, a media vida en su adhesión simbiótica, en su succión de vida ajena, de esa vida "otra" que jamás podrá alimentar ni su regreso a sí, ni la escucha del mandato, como tampoco el don de su diferencia para aquellos de cuyas almas intentaron el despojo.
 Pensé que el otro que en verdad es otro es sólo aquel que, también en verdad, asume su desnuda mismidad, su desnuda diferencia. No quien, en su alienación, tiene como objeto irrenunciable y perentorio de su deseo el abrazo simbiótico y, en él, como pulsión última, la renuncia al nacimiento. Mi otro, el otro de mi tensión y de mi horizonte, si alguien ha de ser, ha de ser aquel que en mí busca la diferencia significativa, aquella que es justificación última de todo nacer a lo real. Ese mismo en quien yo busco la diferencia que me permita hacer de carne y espíritu mi condicionada identidad. Surgir, así, de identidades, en el don recíproco de las diferencias. Nacer de mutuas trascendencias, no apropiables, sino sólo mediables por la metaforicidad del gesto, de la palabra y, también, de la mirada y del silencio. Metaforicidad en la que éstos son, de verdad, lo que son: gestos, palabras, miradas y silencios. No de la indiferencia, sino del don salvífico de las mutuas diferencias. En el infinitamente respetable misterio de mi mismidad para el otro. En el igualmente trascendente asombro, en mí, por la otredad de ese alguien que me acontece en la gracia del encuentro.
 Pensé que esas trascendencias mediadas se llaman sociedad, ética, amistad, amor, religiosidad. Todas ellas posibles sólo en la reciprocidad de las diferencias. Y pensé, también, que la donación de la mutua desnudez, de la infinita diferencia, sólo podía ser tal si su verdad emanara del asombro por el don de la desnudez propia y de su abismal y paradójica exigencia de otredad. Así me pareció que era la trama que suponía el mandato. La textura que suponía ese texto. Que obedecer el mandato era la condición absoluta para que el hombre rompiera la cerrazón de su inmanencia y se liberara de las errancias vanas e ilusorias que en ella habitan. Y que, teniendo mucho que ver esto con la posibilidad de una comunidad humana sólo realizable desde el amor y la solidaridad de las soledades, ese mandato se me tornaba insoslayable. En verdad, me parecía oír en él la voz lejana y familiar de mi raigambre perdida o, quizás, infinitamente olvidada.

jueves, 5 de agosto de 2010

UN PEREGRINO

¿Quién puede comprender
esa sed de llanuras
en las grietas del ser?
Vestido de silencio,
erguido caminaba sobre el mar.

Quizás en pos del rostro
perdido de su niñez,
o del duende escondido
en el eco soñado
de un caracol.

Venía de antes
y de muy lejos.
De una tumba, quizás.

Un peregrino
es un misterio de hombre,
polvo y eternidad.

sábado, 31 de julio de 2010

No la fe, sino la creencia.


No fue la fe de Julio II lo que impulsó a Miguel Ángel a crear el Moisés. Lo fue su creencia. La fe le hubiera impedido el fausto de su sepultura. No así la creencia en su gloria póstuma.
Por la fe es posible caminar sobre las aguas y mover montañas. Pero los hombres prefieren obras acordes no ya a su fe, sino a sus creencias. Mientras, la historia atesora enigmas. Como el de la belleza del Moisés y el de esa creencia en el corazón de un papa.

miércoles, 30 de junio de 2010

Entre la lucidez y el poder...


    Se deja detrás de sí sólo aquello por lo que se ha vivido. No hay, en realidad, causas por las que se muere.

   No quita ello que sea la muerte aquello por lo que muchos viven.

   Así, hay quienes dejan vida, y otros, muertes. Y, cada uno, la medida o la ausencia de su humanidad.

   De los dones de la vida, quizás el legado más humano -más fraterno- sea el de haber incrementado la lucidez.

   De todos los dones, ese algo de luz que, día a día y noche tras noche, alguien va encendiendo para sí desde la oscuridad de su indigencia, después de haber superado la encrucijada de optar entre la lucidez y el poder (incompatibles, por negar éste la fraternidad que aquella revela).

   Esa misma lucidez de la que quiso hacer partícipes a sus hermanos el último de los profetas de Israel, y que se tradujo en el mandato de no tener a nadie ni por maestro ni por señor, porque sólo Uno lo era... Mandato éste que es concreción eminente de aquel otro que consigna el Deuteronomio: el de elegir la vida.

   La herencia a dejar será la opacidad de la insignificancia (no ausencia sino oscurecimiento de lo significativo) o esa partícula de luz para esa partícula de universo que es el hombre. Ni poco ni mucho. Y, sí, la inconmensurable diferencia entre ser uno y ser nada.

   Hay momentos en que ciertos espejismos tornan falsamente luminosa la opacidad de las cosas, o se insinúa en ellos confortable y digno el ilusorio poder de sentirse uno maestro y señor. A veces acontece ese como exilio del alma en la oscuridad del sentido; hay insania, ausencia de sí, en el ausentarse uno del hermano. Esto ocurre cuando, en esa opción entre lucidez y poder, eligiéndose el poder se elige la esclavitud.

viernes, 18 de junio de 2010

De allí y entonces y de aquí y ahora.

Giovanni Bragolin
   
Cuidaba de su pequeño con ternura infinita e infinito desapego. Pero deseaba que pronto muriera, porque, de lo contrario, sería un niño muerto.

   Jugaba con mi hija, que apenas era más grande que el suyo, como si, a pesar de sus años, fuera ella todavía una niña. Deseaba ser pequeña igual que tú -le dijo un día- para poder, como tú, colorear tus dibujos.

   Jugaba con mi hija, porque mi hija estaba viva.

   Amaba a su hijo. Tanto lo amaba que no quería que, estando vivo, fuera un niño muerto. Por esto, un día nos dijo que mejor sería que pronto muriera.

   Estas cosas ocurren cuando, en la tierra de todos, la pobreza de los muchos se torna tan indecible como la indiferencia de los pocos.

ooo

   Me he preguntado quiénes son aquellos pocos -si todos los pocos o si algunos de ellos- que siempre habrán de tener consigo a los pobres y que podrán excusarse de olvidarlos por un instante al perfumar los pies del Nazareno. Me he preguntado, también, cuánto habría de durar ese instante. Si en él se podría contener el hedor de los infinitos niños muertos. Y si los que pusieron en labios del Nazareno esas palabras, previeron que, mientras perfumaban sus pies -aún en la anticipada prefiguración de su entierro- infinitos niños pobres agonizaban -morían de no tener vida- en el agonizante corazón de sus madres.
   
   Fue otro el sentido del mandato. Debes abrir generosamente tu mano a tu hermano afligido y pobre en su tierra. Así está escrito en el Libro del Deuteronomio. Para vergüenza mía y de muchos. De allí y entonces y de aquí y ahora.

martes, 15 de junio de 2010

...mi jardín de senderos que se bifurcan...


Dejo a los varios porvenires (no a todos)
 mi jardín de senderos que se bifurcan.
Jorge Luis Borges

... pasar de una tradición del filosofar
puramente racional y abstracto
a una filosofía concreta nacida a
  partir de la interpelación existencial
con que se ve enfrentado el hombre
 en el “aquí” y  “ahora” 
de cada nueva situación histórica.
Ernesto Grassi

Muchos son los mundos reales, e infinitos los posibles. Son, ambos, los mundos de cada quien. Los reales, que son procesos y estructuraciones de hechos a ellos consecuentes, generados a partir de las opciones concretas del aquí y del ahora. Y los posibles, aquellos cuya existencia hicieron imposibles las opciones desechadas.

Vivimos -lo aceptemos o no- en el mundo real, en el de cada quien. Tangible, concreto, indecible. De penas y alegrías, de pacificaciones y sobresaltos, de iluminaciones y oscuridades, de frutos y desgarramientos. En radical e incomunicable soledad, cercados por un horizonte de finitud que llamamos muerte y que en vano intentamos imaginar inalcanzable.

A su vez, en los socavones de nuestra fantasía se abre infinito el mundo de lo posible. Aquel que se fue construyendo, en cadenas interminables de consecuencias y azares, a partir de cada opción desechada en cada una de las bifurcaciones en que la vida se nos fue abriendo. Aquel que Borges, en su Sendero de los caminos que se bifurcan, imaginó infinito, que no alcanzó a construir Ts’ui Pên y en el que, de haberlo logrado, los hombres se hubieran perdido.

El mundo de lo posible de cada quien se va haciendo en los márgenes. Cuando, en vez de optar por el sendero que se abre a nuestra derecha, optamos por el que se tuerce hacia a nuestra izquierda. O cuando, desechando a éste, nos entregamos a aquél.  Como si fuéramos un huso que entreteje una trama imprevisible en la que el reverso inesperado es lo posible, y lo real, igualmente inesperado, el camino que vamos siendo.

Ese reverso contiene, cifrados, infinitos futuros, infinitas identidades, infinitas relaciones. Todos ellos posibles. A ellos condujeron  los senderos no emprendidos, los caminos desechados desde la lucidez, los rumbos abandonados desde el cansancio o la indolencia, y aquellos otros, los interrumpidos por la intolerancia, la codicia o la envidia.

Nadie conoce el código que devele la cifra de lo que pudo haber sido. Todos intentamos imaginar esos ríos de eventos desde los cauces que no abrimos. Y, las más de las veces, como si con ello lográramos vernos en esos futuros desechados que, por un destino inexplicablemente esquivo, habrían de ser mejores que este presente que ahora se nos revela, de bifurcación en bifurcación, torpemente plasmado.

Cuando esta fabulación nos acontece, difícilmente advertimos que en esa trama laberíntica -necesariamente imaginada- de una existencia cuya temporalidad se articula en infinitas posibilidades de rupturas, convergencias, simultaneidades, ese yo posible del deseo -no circunscripto a ninguna determinación o circunscripto a todas- jamás podrá tener la individuación y la identidad del yo real e histórico.

ooo  

Esta consistencia de ser adquiere día a día su realidad -su concreción histórica, su espacio y su tiempo, su habitat y sus raíces- en la aceptación de la precariedad y del riesgo que toda bifurcación comporta en la respuesta que demanda. El camino para el hombre es éste: el de la interpelación continua -personal e ineludible- que sobre él ejerce su ser en el mundo. Y el de la respuesta que, en su concreción, ha de ser una -no dual- en la opción necesariamente irrevocable que de un sendero hace un camino real del ser en el mundo, y, del otro, una posibilidad en el laberinto infinito de todas. 

Respuesta que, mientras el hombre vive, nunca es definitiva porque no hay bifurcación que lo sea. Lo definitivo es el camino que, de opción en opción, de renuncia en renuncia, de riesgo en riesgo, se va trazando y que es, finalmente, uno mismo como expresión viviente de una posibilidad realizada o fallida de la Creación.

La interpelación siempre supone un “tú”. No somos interpelados para el hacer como finalidad sustantiva y última, sino para amar desde la entrega de la totalidad de sí. Hacer para el hombre es amar. Hacer es crearse a sí mismo -en cada interpelación de la existencia personal del “aquí” y “ahora”- para la entrega -valiosa para el “tú”- de sí. Ser es hacerse habitable, dador de los mejores frutos en uno madurados, acogedor y hospitalario. Una tienda y un hogar en la intemperie. 

Si la respuesta es otra, si otros son los senderos, el laberinto de las posibilidades que cada uno no ha sido habrá dejado paso a una historia -a un espacio y a un tiempo- del caos inhabitable, de la desolación, de la miseria, del hambre y de la necedad.  Como inhabitable, desolado, mísero, hambriento y necio es ese laberinto de círculos incomunicados que Dante, llamándolo Infierno, describió en La Divina Comedia como reflejo de la historia de su tiempo. Como inhabitable, desolado, misero, hambriento y necio es este laberinto de círculos incomunicados que, día a día, los poderes protagónicos de nuestra civilización -desde el exterminio físico, económico e ideológico- levantan sobre el planeta.

Lo imposible para el hombre se halla en sus posibilidades de negarse a la interpelación que su ser en el mundo le formula en términos de vida. La posibilidad real de lo imposible está en la respuesta que, frente al mandato de elegir la vida, opta por la muerte. La vida es posible, pero a ella se le opone -y muchas veces neciamente se le impone- la realidad de la devastación.

No ha de ser la inmadurez fantasiosa del laberinto infinito de lo posible lo que ha de enajenarnos de la respuesta positiva, día a día, a la interpelación concreta por la vida. En ese laberinto de lo posible el hombre se pierde tornando imposible su vida. Ella ha quedado lejos. No necesariamente por una simple e inmadura omisión de lo bueno. Sino por la omisión de la respuesta válida a la interpelación. La de elegir ser, que es tornarse un yo pleno y habitable. Una tienda y un hogar en la intemperie. Una posibilidad realizada, no fallida, de la Creación.

Esta parece ser la lúcida verdad de lo que es necesario y suficiente.

domingo, 13 de junio de 2010

El Dios de la alborada


    La luz atraviesa lentamente el horizonte. Lentamente se despliega la alborada del sentido en la mente rudimentaria y anómala del mamífero mutante. 

    La luz se encarnó en el utensilio que hizo posible asegurarse el alimento y ser guardián del fuego y de la vida.

    Y se encarnó en ese amor extraño y nuevo por el que el macho y la hembra sintieron que él era infinitamente más que la cópula, y sus cachorros infinitamente más que criaturas expelidas de un útero.

   La luz se hizo plena haciéndose carne en el gruñido del mutante; y se transformó en palabra. Se hizo verbo para nombrar a lo que se ama y a lo que se odia, a lo significativo y a lo deleznable. Y también para nombrar lo indecible que a cada mutante  anonada.

    En los albores de la mutancia fue la luz hecha verbo. Y el verbo fue vida para el hombre naciente.  

    De luz y verbo tejió el mutante su mitos para expresar lo significativo con que su existir lo sorprendía y lo aterraba.

    Intuyó el silencio en los límites de la palabra. El silencio abismal que envuelve al universo y a la mutancia, y que antecedió a la alborada. Lo imaginó en la infranqueable disimilitud a la que toda metáfora arroja. Y lo llamó “Dios”.

     Dios de los mutantes. Dios innombrable de la invocación sin palabras. Dios infinito del silencio. Dios de la alborada. 

viernes, 11 de junio de 2010

El acontecer de los sueños


Un sueño no puede
convertirse en nada
una vez que se ha soñado.
MICHAEL ENDE


     Los sueños nos acontecen. No los soñamos. No somos sus artífices. Son ellos los que nos sueñan y, también, nos modelan. Nada conocemos de su génesis. Poco logramos de nuestros intentos de interpretarlos. Sabemos que, una vez acontecidos, no podrán convertirse en nada. Que se afincarán en nuestra mente. Que desde allí nos acompañarán para siempre. No importa cómo. Si desde los pliegues más profundos de la conciencia, o desde esporádicas reapariciones en nuevos sueños, o desde irrupciones inesperadas en la vigilia, o si, trasponiendo los umbrales de la conciencia, se tornan metáforas en un poema, o subyacen a un pensamiento, o esculpen la textura de un cuadro, o modulan torrentes y remansos en una sinfonía. De alguna manera modelan también la cotidianeidad de nuestras vigilias, dándoles formas, luces, sombras, ciertas voces y ciertos silencios. Habitan nuestros gestos, nuestras actitudes y, también, ese ángulo -único- desde el que el mundo y la vida se hacen paisaje y tierra de cada uno. Nunca dejan de darles a nuestras percepciones, fantasías y pensamientos esa tonalidad, irrepetible y propia, que sella la diferencia entre una metáfora de la luz que amanece y de otra en que ella se oculta.

     Hay sueños alegres, los hay tristes y los hay de apariencia indiferente. Algunos logran ser recordados y otros se olvidan al despertar. De los recordados, unos pocos se tornan memorables. De éstos, algunos desentierran el imperio de un mandato, otros el de una prohibición. Algunos son la confesión de lo que jamás podrá ser dicho. Otros, el cumplimiento del deseo negado. Algunos, la revelación de un sentido, o la anticipación de una pena o de un gozo. Otros, la expresión reiterada de una culpa, o del camino a su expiación. Pero todos ellos, de una manera u otra, son mensajeros imprevistos y pedagogos sabios de liberaciones oscuramente presentidas y esperadas.

     Entre ellos, y con igual destino aunque diferente pedagogía, se dan los temidos, los que nos dejan en apariencia indefensos, a merced del desamparo y de la impotencia: son los que nos horrorizan, como las pesadillas, o los que nos aterran como los otrora llamados "íncubos" y hoy "terrores nocturnos", o los híbridos de éstos y aquéllas. Algunos vencen la prueba de la vigilia y logran ser recordados. Otros se sumergen en el magma del que emergieron, para continuar allí, entrelazados y adheridos a la vida subterránea que los alimenta, en su búsqueda de nuevas metamorfosis que les permitan inducir la liberación esperada.

     De entre los sueños horrendos que vencieron la prueba de la vigilia, algunos vomitaron, sobre ésta, creaturas igualmente horrendas, que comenzaron a vivir entre nosotros, como Jekyll y el señor Hyde, nacidos ambos de una pesadilla de Robert L. Stevenson, o como Frankestein, a quien dio nacimiento una pesadilla de Mary Shelley. Y como todas aquellas otras creaturas monstruosas que forman parte de la vida de cada uno, y que, también ellas, nacidas de pesadillas o de terrores nocturnos, perduran en la conciencia a la espera de que su mensaje sea atendido.

     Poco sabemos de todos estos mensajeros de la noche, de su extraña pedagogía y de esas sus historias horrendas que emergen de su matriz ancestral. Poco o nada sabemos de su significado, poco o nada del por qué y de su finalidad. Frente a ellas, nuestra experiencia onírica es la del terror. Del aquel inconmensurable, sin límites, que nos encierra en la vulnerabilidad total, en la paralizante impotencia del grito, en la imposibilidad de la invocación. Hasta que nos acontece la gracia de poder huir, saltando el vacío que nos separa de la vigilia, como quien salta del encierro del sepulcro a la vida, o se libera de las garras del abandono sin límites entregándose al seno protector de esa Gran Madre que es la vigilia. Lejos ya del peligro, en nuestra huída de niños, pero también lejos del mensaje y de su cifra.

     Nada sabemos de los terrores ancestrales que nos habitaron -y modelaron nuestros genes-, hace milenios, cuando la palabra aún no nos había nacido y cuando fue la angustia sin límites de un gruñido ahogado el primer intento de palabra suplicando ayuda. Si de esos terrores supiéramos, quizás se nos tornaría legible el mensaje desde la cifra justa, y no desde el terror ancestral sobre él proyectado.

     Desde entonces ha ido cambiando nuestra vida; se ha ido poblando de creaturas nocturnas, que hemos encerrado en el silencio y en la oscuridad que a éste le atribuimos. Y le hemos dado a la palabra el don y el lugar de la vigilia, y atribuido la luz y el limitado -y por esto controlable y seguro- mundo de lo decible. Pero en nuestros sueños de terror, continuó incólume perdurando nuestro abandono, nuestra vulnerabilidad, el gruñido, el grito arrojado a la nada. Allí, en las profundidades de las que esos sueños son oscuros ecos, yace nuestra soledad, sentida desnuda e irredimible. Y yace también, a la espera de nuestra comprensión, el mensaje todavía incomprendido.

     He pensado a veces que pesadillas y terrores nocturnos son, a la vez, la gran metáfora de la precariedad que somos y la de la luz que en ésta se oculta. Y que, como toda metáfora, quizás también ellas contengan las cifras de ese misterio presentido e indecible que es la vida indecible e inefable que para cada uno ha de ser la propia.

     He tratado de leer, en las imágenes que de algunas de esas creaturas perduran en mi vigilia, la escritura críptica que las dibuja. Lectura, por cierto, desde la vigilia y desde el intento de sus palabras, lejos ya del temor y del temblor de la cerrazón onírica. Lectura al abrigo de toda creatura amenazante, iluminada por la reflexión, motivada por la búsqueda de lo significativo, y no exenta de la sospecha de que en sus metáforas se escondan esos mensajeros de la noche. Y, también, escritura de un mito posible y habitable que metaforice, desde el pensamiento y el lenguaje, desde la luz de la similitud y la oscuridad de lo disímil, la vulnerabilidad raigal que somos y la liberación posible de su negación. Como nos fue revelado en tantos sueños que nos habitaron en nuestra primera infancia y que, todavía hoy, nos sorprenden en nuestras vigilias.

ooo

Siempre me pareció que allí, en el límite mismo de la conciencia que divide y separa, habita una extraña conciencia que une. Que en los confines del logos imposible está la metáfora posible y su inescindible cono de sombra, ese su declive que conduce a la disimilitud en la que se asienta toda vida, aquello que todo discurso niega, y que, sin liviandad, algunos hombres amaron llamar "misterio". Aquello que, quizás, encuentra su lenguaje en sueños y pesadillas del dormir y en aquellas otras del estar despiertos.

ooo

     Cada uno es hijo de sus sueños y de sus pesadillas. La subjetividad está, así, plasmada, configurada, conforme a lo que sueños y pesadillas entretejen. No hay una razón objetiva conforme a la que la subjetividad se instaura. No hay tampoco una “razón” objetiva de su unicidad. Todo intento descriptivo de la subjetividad habrá de quedar en la instancia metafórica, mítica, del relato. Sin embargo, el hecho “objetivo” e innegable para la razón habrá de ser siempre el de que un sueño no puede convertirse en nada, una vez que se ha soñado. Tiene consistencia y espesor. Nos habita. Y, a pesar de lo inaferrable que la subjetividad es para sí misma, a él muchas veces nos volvemos, como compelidos por ese oscuro y persistente deseo que, de niños, nos impulsaba a querer saber qué había detrás de los espejos. Descubrir si era verdad que detrás de ellos se ocultaba el rostro inquietante y presentido de ese Otro, de cuya imagen sospechábamos apropiarnos cuando en ella creíamos ver la nuestra. Descubrir la palabra que se oculta y la liberación que se intuye prometida.

ooo

     Ser soñados por los sueños. En esto quizás consiste la subjetividad. Y quizás nada de ésta -es decir, nada de nosotros mismos- sabríamos, si nada supiéramos de esos sueños que nos sueñan.

El amanecer del hombre



      Quizás el intento esencial y permanente de lo humano consista en ser apremiante creatividad. Porque quizás sea el caos aquello a lo que el hombre raigalmente se enfrenta.

     Quizás por temer el caos, fantaseó a un dios en quien delegar el orden. Quizás por esto lo creó a su imagen y semejanza, a aquella que halló en los socavones más hondos y misteriosos de sí. Quizás conforme a ella lo creó creador.

     Después de seis días de ingente trabajo en la creación de su dios, descansó, delegando en él el cumplimiento del deseo ancestralmente incumplido a lo largo de esos seis días. Y creyó que ello era bueno.

     En ese amanecer, pensó que habría de llegar el día en que pudiera anclar lo que supuso inconmovible de sí en tierra firme, en medio -y a pesar- del fluir incesante e inaferrable del ser en el Universo.

     No obstante, el espíritu del hombre, como el de su dios, sigue  aún revoloteando sobre el abismo.

     No ha terminado el séptimo día. No ha concluido aún el descanso imaginado.

     No se vislumbra aún, desde su trabajosa y oscura mutancia, el amanecer del Hombre y de su Dios en el Universo.

jueves, 10 de junio de 2010

Entre las páginas de una vieja agenda


    Encontré hoy, entre las páginas de una vieja agenda, una servilleta de café. En ella están escritas algunas frases, como si fueran las de un credo. La tinta está un tanto corrida. La letra, apresurada, es mía. Lo escrito está fechado sin año: 9 de diciembre. Pensé, por el nombre y dirección del bar que allí figura, que pudo haber sido en 1986, en una ciudad del sur que -en razón de mi trabajo- por entonces frecuentaba. Ignoro las circunstancias o las experiencias que me habrían inducido a escribirlas. Dicen así:

   Creo en las palabras verdaderas, en aquellas desesperadamente nacidas a pesar de la  esperanza de muerte que les pudo significar la promesa de su nacimiento.
   Creo también en aquellas otras, en las que dolorosamente pujan, una y otra vez,  por desprenderse del límite.
   Y en aquellas, misteriosas en su destino, que aun alimentan esperanzas desde el gesto  roto de quien naufragó en su soledad.
    Amo la palabra del hombre. Su torpe balbuceo en el intento de nombrar el Universo.

    A veces, como hoy, encuentro viejas servilletas de bares, escritas en jirones de tiempo arrancados a mi trabajo, a mi descanso o a mi ocio. Cuando las despliego, me parece recuperar mi aventurera curiosidad de niño en busca de enmohecidos tesoros, partiendo de mapas roídos e indescifrables. Son escritos que, quizás por su propio y peculiar modo de existencia -el de seres marginales ansiosos de ser un día descubiertos y que, satisfecho este deseo, olvidan, no obstante, el mensaje-, me resultan de verdad, a la par que inquietantes, extrañamente familiares. Textos que intento oír, descifrar su balbuceo, con la poco razonable esperanza de recuperar algo de ese algo que en mí aconteció y que vanamente intentó contener su plenitud en ellos. Y con la esperanza, también ilusoria, de poder reencender, más tarde, una vez satisfechas banales urgencias, la misma luz en el mismo candil...

    Son savia seca dibujando palabras en papeles olvidados. Residuos de savia otrora viva que me aflora en iluminaciones fugaces e inesperadas, de cuya alquimia nada sé y cuyo destino ignoro.

    No es lo no dicho lo que me inquieta. Ni las ficciones que de ello el intelecto construye en mi imaginario. Son esos textos que, como frías inscripciones en lápidas de papel, torpemente remiten -y callan- a aquello que presiento haber estado, en mí, milagrosamente vivo.

    Hay un misterio de enigmáticos oráculos en esas servilletas. Algo mío, y algo ajeno, no mío, en ellas...

    Me parece -o quizás oscuramente deseo- entrever que detrás de papeles y ocios, de palabras y de reticencias, de pensamientos fugaces y de atisbos inquietantes, hay una vida que palpita -infante e inefable- y de la que en vano pueden ser, esas palabras resecas, fieles mensajeros de ida o de regreso.

    Sin embargo, hay en mí como una pasión de escribiente que de tarde en tarde se derrama en servilletas de bares. Mientras mi vida continúa no dicha y como si cada uno de sus latidos fuera el semen postrero que, en muertes no del todo consumadas, una y otra vez se derramara.

sábado, 5 de junio de 2010

Del amor o de la solidaridad de las soledades

dibujoseimagenes.blogspot.com

     A nadie le es negado el aprendizaje. Cada uno llega a saber -y muy pocos sin dolor- que las soledades son infranqueables. Que lo es la propia y la de cada quien. Respecto de los demás y respecto de sí. Y que, más infranqueable que todas ella, lo es la del que se ha ausentado de sí mismo, y a propósito de la cual un fraile herético -Giordano Bruno- dijera no haber soledad mayor.

     Sólo el amor rescata a la soledad de su posibilidad de transformar en yermo el corazón del hombre. Sólo el amor devela en la soledad el valor que la habita: el de ser ella -paradójicamente- requisito esencial de la vida. Quizás sea este valor la razón, única y suprema, de que el hombre no haya consumado aún su propia muerte. No puede existir y perdurar sin esa su abismal indigencia que es la soledad. Sin esas diferencias e identidades imparticipables que la definen, y sin las que, a la vez, paradójicamente, no habría ni un yo ni un tú y, tan sólo, ausencia de amor e imposibilidad de querer.

     No hay entre los hombres un amor unitivo a la manera del expresado por los místicos. Así de contradictorio sería en su concepto, como imposible en su vivencia. El amor sólo lo es de alteridades, de mutuas diferencias e identidades incomunicables. No hay, quizás, palabra que mejor lo exprese que solidaridad. Solidaridad recíproca, porque mutuo es el amor. Solidaridad de soledades, porque la soledad recibe su solidez y adquiere espesor y consistencia desde la presencia percibida y amada de otra soledad. Solidaridad sin la que no hay solidez, sino tan sólo liviandad e inconsistencia. Es el cara a cara de las mutuas presencias lo que torna sólidas las soledades y las libera de la evanescencia a que toda ausencia -todo volver el rostro- inevitablemente lleva. Es, entonces, este hacerse sólidas, este solidarse de las copresencias de las soledades, el nombre y la esencia del amor real y posible entre los hombres. Solidaridad que es amor cuando éste es sí mismo, mutua presencia solidificante del uno y del otro, y celoso pastor de las diferencias para que no se desintegren las identidades.

     Por el amor crecen y maduran las diferencias hasta llegar a manifestarse como lo que son: un don en el que el infranqueable misterio del secreto innominado que guardan es el rostro siempre diferente y siempre nuevo que adquiere aquello que decimos ser la Vida. Y es por el amor por el que también crecen y maduran las soledades, imágenes vivientes del Universo que son y de la Vida que en él se revela.

jueves, 3 de junio de 2010

El índice telefónico



Encontré este texto en su diario y me pareció oportuno conservarlo. Como verá el lector, se refiere a un minúsculo episodio de su vida. Dice así:

"Hazte cargo de confeccionar el índice telefónico". Recibí esta orden de mi superior. Aquí, en este municipio patagónico que me permite –ya entrado en años- mantener vigorosa mi pobreza. No pude menos que sonreírme. Me pareció que en esa frase del joven subsecretario, por primera vez se me revelaba –de existir la Providencia- su humor. Ese humor que, en la sonrisa que me provocaba, desacralizaba al universo, a la historia y a mi intenso y ajetreado curriculum, no menos que al solemne imperativo de confeccionar ese índice telefónico. Humor que quizás tuviera algo que ver con la risa y, quizás, también, con ese segundo libro de la Poética que en vano la itálica ironía de Umberto Eco trató de hallar en la laberíntica biblioteca que su ficción construyó y que alguno de sus personajes, traicionándolo, incendió.” 

¿Que quién fue el autor de este texto? Alguien que durante muchos años me fue confidente y cuyo vivo presente va entretejiendo, día a día, mi pasado.

jueves, 27 de mayo de 2010

EIN SOF



                                                                                          Ilustración de Zoe Spiliotis

Eres y no eres la otredad del universo.
No eres uno más.
No eres uno menos.
Eres el Uno del que todo es uno y todo es otro.
Eres.
El que eres.
En mis rosas.
En mis mascotas.
En la sonrisa que en mis labios dibuja la ternura.
En los arrebolados atardeceres en que me visitas.
Y en los horrores con que me revelas
cuán cercana me es tu lejanía.

miércoles, 12 de mayo de 2010

De sed muere la fuente


Nadie jamás entró
en sus nocturnas entrañas,
ni penetró los líquidos
laberintos del vientre
ancestral que a ella hizo,
de agua viva, manantial.

La fuente sabe
de cántaros sedientos.
Nadie que de ella abreva
dejará su osamenta
en los ardores
del arenal.

Su crepúsculo es lento.
De sequedad
en sequedad,
implacable la absorbe
el arenal.

De sed,
de sed se muere
la fuente
en lento atardecer.

martes, 11 de mayo de 2010

William Blake To God

If you have form'd a Circle to go into,
Go into it yourself, & see how you would do.
WILLIAM BLAKE


    Dos versos que el poeta dedica a su dios. O a su demonio. Es cierto que el título es "To God", pero no es de fiar. Blake se dirige a él como a un dios muy especial, mentiroso y pesadillesco, con quien tiene una cierta familiaridad y a quien ha desenmascarado en su intento de dañarlo. Un dios o un demonio de la mentira. Que traza un apresurado y burdo círculo e invita al poeta a entrar en él. También el círculo, así trazado y propuesto, es muy especial, mentiroso y pesadillezco. El que acepta la invitación a entrar en él podrá hacerlo, y fácilmente. Se le dará el poder de romper el límite que lo circunda. Podrá hacer este milagro de tornar, por un átimo, inexistente el límite. Pero no podrá prever que, una vez dentro, se le impondrá la imposibilidad de nuevamente romperlo. Ese círculo es, en realidad, una celada.
    El poeta es sagaz o, si se quiere, sabio -toda sabiduría quizás no sea más que sagacidad última frente a lo significativo del existir-. Devuelve, entonces, la invitación. Le cede el paso a su dios -o a su demonio- para que entre en ese círculo y, desde el encierro experimentado, vea qué le es posible hacer. Lo desafía a la creatividad extrema, a crear no de la nada sino de lo imposible. Ese dios o ese demonio tendrá que reconocer lo que ya sabe e intenta para el poeta: que desde allí ninguna creatividad es esperable. Que nada lo es, e infinitamente menos lo es para el vate.
    Ese dios de la trampa, del encierro infecundo, tiene otros nombres que no le puso William Blake. Quizás sean ellos Poder, Dinero, Fama (y, muchas veces, también Palabra y Sueño). Son los nombres del círculo idolátrico del fuera de sí al que induce entrar el dios o el demonio de William Blake. Círculo -que como todos los del infierno- es negación de identidad e inhabitación de sí, negación de límites propios, de contención del caos y de desintegración; es decir, de las condiciones de toda creatividad.
    En ese horizonte en el que se entremezclan los nombres y las realidades, el círculo que esas palabras nombran es aquél en el que el hombre entra cuando opta por alejar de sí, por dejar fuera de sí, su propia humanidad. Se trata del extrañamiento generado por la propia autodeificación y la necia ignorancia de toda alteridad. Círculo de fácil acceso y de impredecible y desconocida salida cuando sus límites llegaron a ser psicóticamente trazados. En él queda encerrado, junto con la insania y la necedad, la imposibilidad de ser y de crear. Si hubiera dudas respecto de ello, sería suficiente prueba la riesgosa experiencia de ese encierro aceptando el desafío que William Blake le dirigiera a su dios o demonio: "& see how you would do".
    Quizás en ese endiosamiento muchos hombres proyecten la desesperanza nacida de ese otro encierro que falsamente habrían imaginado ineluctable: el de ese círculo que para ellos trazó la historia de sus propios orígenes y la de la tribu que los amamantó.