lunes, 19 de abril de 2010

TAN SOLO UN ARBOL


Un árbol solo.
Tan sólo un árbol.

Escritura cifrada
de gozos y penurias
en los rugosos
laberintos
de su áspera corteza.

Vértice y horizonte
de pájaros errantes
que en sus ramas desgranan
rosarios de alboradas
y atardeceres.

Un árbol solo:
la pregunta secreta,
la respuesta olvidada,
el silencio,
el sosiego,
la ternura
y la paz de una sombra
abandonada
a su penumbra.

Un árbol solo.
Tan sólo un árbol.

sábado, 17 de abril de 2010

"Diré tu nombre en mi soledad"





Diré tu nombre en mi soledad,
sentado en las sombras de
mis callados pensamientos...
Y lo diré sin palabras y sin razón...
Rabindranath Tagore

 Si con simplicidad de espíritu buscas una definición de ese Algo al que llamas con el nombre "Dios" u otro, sin enmarañarte en densas y complejas especulaciones de teólogos y filósofos, o de ciertos místicos escribientes, imagina ésta, simplísima: que Dios es tu mano. Y haz este ejercicio que cierta vez me enseñara un maestro espiritual -no un filósofo, no un teólogo, no un místico escribiente- que sabía hablarle al alma desde lo más hondo de ella porque, según podía inferirse de sus palabras, había sido el Desierto de Dios su Maestro. Esto decía:

Mira tus manos. Sabrás si eres ateo o no. Míralas. Si cerradas o abiertas. Si perezosas o activas. Si lentas o rápidas. Si desmoronan o edifican. Si arrasan o siembran. Si dejan caer o sostienen. Si abofetean o consuelan.

Por ellas haces a Dios en ti. Lo recreas y te creas cada vez que la ofrenda que de ellas mana incrementa vida en la vida de tus semejantes.

Cuando ya no adviertas que son tus propias manos las de tu prójimo, algo de eso que llamas Dios estará acaeciendo en ti. Si eso ocurriera, no lo sabrías. Tan sólo una sospecha te nacería cuando, al intentar cerrarlas, sintieras dolor e imposibilidad.

En ello estriba lo necesario. Pero podrás sentirte solo y ser esta insuficiencia la que te entristezca. Cúbrela, si así te pesa. Concédete la oración a ese Algo que te habita. Y, en lo recóndito de ti, ora sin palabras -no las hay ni para contenerte ni para contenerLo-. Será la paz la respuesta. Y sentirás que ella te es suficiente.

(No busques palabras que Lo nombren. No las hay. Como amor no es "amor", sino amar, que carece de nombre...)

lunes, 12 de abril de 2010

El urdirse de la urdimbre

    Lo que llamamos vida supone un revés, una trama de carencias, una urdimbre de dolores. Todo dolor proviene de la misma rueca y es del mismo filamento con que día a día, lentamente, se hila la muerte. La vida no es otra cosa que este lento urdirse. Y no otra cosa es el temor a ella que el temor a una historia sin fin; a que sea interminable el urdirse de la urdimbre; a que no le sea posible al hombre morir.

    Entre todo lo que en la urdimbre al humano le acontece, sólo la ternura pareciera ser el don y la gracia. Un don cálido y abrigado. Que no pareciera provenirle de sí mismo. Que le advendría, como el acontecer de un milagro inesperado, en su desnudo desierto.

    Podría ser imaginada como la piedad de Dios para con el hombre, por ser éste creatura torpe (-la esperanza es la de ser el hombre un real mutante en busca de la sabiduría-) nacida de sus manos. Y ser, por ello, receptáculo de piedad y dolor infinitos.

    Y, a la vez, pareciera que la ternura, toda ternura, engendrara en el hombre el perdón al Dios imaginado. (O que fuera Éste quien, en la participación de su ternura, a sÍ mismo se perdonara desde la infinitud de su piedad por lo irreparable del mal.)

    Así parecieran ser estas cosas en lo imaginario con que el hombre intenta sustantivar la torpeza inexplicable y lo carente de nombre.

    Sólo la ternura pareciera romper esa urdimbre. Si así fuera, sería allí y entonces, en esa rotura, en ese vacío, donde al hombre se le tornaría posible la muerte.

    Sólo Dios, desde lo imaginario, no retorna a su reposo. Continuará engendrando creaturas irreparables en su necedad. Logrará, una y otra vez, su propio perdón desde su infinita piedad hecha -y dada e imaginada- ternura en las roturas de las urdimbres.

    Así parece ser la vida del hombre y del dios que él imagina. Sin embargo, sobre ambos adviene la Ternura indecible, como indecible es la callada presencia de Lo Innominado.

sábado, 10 de abril de 2010

¡Eli, Eli, lamma sabachtani!


Ya no había un cuerpo
en el que yo habitara.

Camino del Gólgota,
sobre mis hombros
cargué
mi alma descarnada.

Crucificado fue
sobre una cruz vacía
ese mi cuerpo que era nada.

Atravesó una lanza
su costado
que también era nada.

Y nada esa cabeza
de espinas coronada.
Nada esos pies
y los clavos
que los atravezaban.

Ya no tengo ni lengua ni palabra.
Sólo me queda
esta mirada
y el silencio de Elí
como paterna
alborada.

viernes, 2 de abril de 2010

El decir del silencio


El silencio es frágil.
No lo nombres.
No sea que se te quiebre
y no tengas abrigo
y tan sólo intemperie.

Habítalo.
Sin palabras, sin llanto.
Hasta que ya no te oigas
y tu palabra sea
olvidado recuerdo.

Y si de ti un eco
perdido te llegara,
óyelo con ternura,
porque has de ser piadoso
con el regreso
de tus olvidos.

Habita tu silencio,
recogido y sereno,
que es él tu universo.
Si has de florecer
que sea ello tan sólo
en tus gestos.

Se posarán
en tus ramas las aves
del cielo
y tu sombra será
manantial del que beban
los sedientos.

El silencio es frágil.
No lo nombres.
Puede quebrarlo
tu aliento.

domingo, 28 de marzo de 2010

Epitafio para un ángel fallido


Triste, de triste
matriz naciste.

Leche amarga
fue en tus labios
el alimento,
y no hubo ternura
que te acunara.

No hubo en tu alborada
una sonrisa
que en ti se posara.
Ni en tu cansino ocaso
la tenue luz
de un bastón blanco
que paso a paso
te guiara.

Pliega tus alas.
Cierra tus ojos.
Descansa
ángel mío.

Descansa,
que aquí no hay tiempo,
ni angustia, ni sentido.

Descansa
ángel mío.

jueves, 18 de marzo de 2010

Exégesis del silencio


Las tradiciones y los textos sagrados intentan narrar hechos ejemplares y expresar caminos de sabiduría para que el hombre no se extravíe de las creencias que habrán de salvarlo de la insensatez y pueda habitar la cordura.

Son, esas tradiciones y textos, texturas de significados expresados en palabras escritas o dichas. Y lo son también en silencios no decibles. Ambas texturas se entretejen en una sola urdimbre. La que pareciera hacerse manifiesta en las palabras sólo se torna plena desde el reverso de los silencios. Es, así, en palabras y en silencios, como se manifiesta la textura de los significados que una sabiduría milenaria dio en llamar "sacros" y una necedad contemporánea desconoce.

Toda palabra puede interpretarse desde la cultura que le es propia. Pero no hay silencio raigal que pueda interpretarse dentro de ella. No lo hay que pueda interpretarse fuera de lo no decible que lo origina. Es por esto que ese silencio de raíces trasciende las culturas, y es, a la vez, el lenguaje indecible que a todas ellas comunica. Es por esto que no son transmisibles los silencios. Y es por lo mismo que la sabiduría se aprende desde sí, pero no se enseña, aunque ilusoriamente pueda parecerlo en el intento de ser dicha.

¿Podrá, entonces, entenderse la prueba de Abraham sin oír el silencio ahogado de Isaac? ¿Podrá verse y sentirse la mirada de Isaac horrorizada ante el brazo filicida de su padre? ¿Podrá comprenderse que Elohim pruebe la fe de Abraham en la descendencia prometida pidiéndole la muerte del germen? ¿Puede un dios anteponer el filicidio a la ratificación de la fe en lo prometido? ¿Es esta fe, toda fe, superior a la vida? ¿No es necedad infinita que la vida de un hijo valga menos -valga nada, pues de su muerte se trata- que una creencia, por más que de ésta dependa una multitud más numerosa que las arenas del mar?

Hay silencios de palabras. Y los hay de respuestas, como la del Padre al Nazareno. De ambos silencios están hechos los libros sagrados. Al igual que ese texto sacro que es la vida de cada quien. Y cuyas tramas de significados -desde sus palabras y sus silencios- inevitablemente cada uno habrá de componer en su búsqueda de lo significativo. Habrá de hacerlo desde su propio tiempo y desde los silencios más profundos e incomunicables que lo No Decible en él origina. De hacer esto nacen hombres religiosos, quizás poco amantes de las religiones, pero intensamente respetuosos de las culturas y de los silencios con que Lo Indecible se expresa en el corazón de cada hombre. Son ellos, discípulos y exégetas de los silencios, los que logran dar el primer paso.

miércoles, 17 de marzo de 2010

Diré tu nombre en mi soledad...

Diré tu nombre en mi soledad,
sentado en las sombras de
mis callados pensamientos...
Y lo diré sin palabras y sin razón...
RABINDRANATH TAGORE

    Si con simplicidad de espíritu buscas una definición de ese Algo, al que llamas con el nombre "Dios" -u otro para ti equivalente- sin enmarañarte en densas y complejas especulaciones de teólogos y filósofos, o de ciertos místicos escribientes, imagina ésta, simplísima: que Dios es tu mano. Y haz este ejercicio que cierta vez me enseñara un maestro espiritual -no un filósofo, no un teólogo, no un místico escribiente- que sabía hablarle al alma desde lo más hondo de ella porque, según podía inferirse de sus palabras, había sido el Desierto de Dios su Maestro. Es así:
    Mira tus propias manos. Sabrás si eres ateo o no. Míralas. Si cerradas o abiertas.    Si perezosas o activas. Si lentas o rápidas. Si desmoronan o edifican. Si arrasan o siembran. Si dejan caer o sostienen. Si abofetean o consuelan.
     Por ellas haces a Dios en ti. Lo recreas y te creas cada vez que la ofrenda que de ellas mana incrementa vida en la vida de tus semejantes.
     Cuando ya no adviertas que son tus propias manos las de tu prójimo, algo de eso que llamas Dios estará acaeciendo en ti. Si eso ocurriera, no lo sabrías. Tan sólo una sospecha te nacería cuando, al intentar cerrarlas, sintieras dolor e imposibilidad.
     En ello estriba lo necesario. Pero podrás sentirte solo y ser esta insuficiencia la que te entristezca. Cúbrela, si así te pesa. Concédete la oración a ese Algo que te habita. Y, en lo recóndito de ti, ora sin palabras -no las hay ni para contenerte ni para contenerLo-. Será la paz la respuesta. Y sentirás que ella te es suficiente.
     (No busques palabras que Lo nombren. No las hay. Como amor no es "amor", sino amar, que carece de nombre...)

domingo, 14 de marzo de 2010

José de Arimatea


Sobre la escultura de Miguelángel
Descendimiento de la Cruz
en Florencia.

Una cúspide augusta de triángulo.
Una penumbra gris, plena
como el lomo sereno de un remanso.

El Cristo muerto yace vivo
en el marmóreo
silencio del anciano.

Queda la piedra muda.
Una palabra tácita del mármol.
Un dolor hecho talla y piedra
en la cúspide augusta
de un triángulo


jueves, 4 de febrero de 2010

La palabra no dicha


Porque no tuvo casa, ni terreno,
ni alfabeto, ni sábanas, ni asado,
y así de un sitio a otro, en los caminos,
se fue muriendo de no tener vida,
se fue muriendo poco a poco
porque esto le duró desde nacer.
PABLO NERUDA


   Las más de las veces, el refugio de la miseria es la locura. Lo he visto en las calles de esta ciudad, al fijar mi mirada en las miradas vidriosas y perdidas de sus mendigos.
   Mi limosna puede, quizás, aliviar el hambre de algunos. Pero en nada conmover las cárceles en las que moran sus locuras.
   Agradezco, no sé a quién, que así sea. Porque liberarlos de ellas habría sido entregarlos a la insoportable conciencia de un destino más dolorosamente absurdo que la propia miseria y su insano refugio.
   Mejor ser mamíferos hambrientos y extraviados que hombres débiles entre las garras de otros, necios y voraces. Esto me dije, para imposible consuelo de ellos y mío.
   Sin embargo, desde mi intemperie, no puedo evitar el temor de una muerte como la de ellos, que se van muriendo de no tener vida... poco a poco. Allí, en ese sepulcro abierto, nadie sabe hasta cuándo, de la miseria y la locura.
   Nada se puede decir de lo indecible. De este estremecedor y abismal misterio de la necedad humana. Tan sólo que, si hay un horizonte en el que “el ocaso del lenguaje” acontece, ese horizonte es éste: el de la miseria y el de la locura que el hombre inflige al hombre.
   Sólo la muerte habrá de hundir, en el silencio del universo, la palabra no dicha del hermano al hermano.

sábado, 23 de enero de 2010

Reflejos de un poema no escrito


I

   Mucho es lo que he escrito en la arena. Se han cansado en ello mis manos y encorvado mis espaldas. Nada de lo allí escrito recuerdo. Sólo me queda este cansancio y esta curvatura mirando al cielo.
   Muy poco he escrito en papeles. He intentado en ello palabras, y, tan sólo, he logrado balbuceos. Todas mis metáforas han sido como ese mi intento de niño de darle un nombre al Universo.
   Se me han apagado los dioses y los poetas. Sólo me queda la curvatura, el cansancio, el gesto, los trazos, lo efímero, lo postrero. Y una luz extraña, tibia y hogareña, que de tanto en tanto me habita, mientras todo se me torna serenidad de plenilunio en mi silencio.

II

   Miles de millones son los excluidos, los hambrientos, los mendigos, los niños famélicos, los despojados de esperanzas, los torpes, los humillados y ofendidos, y todos aquellos que se preguntan sobre la culpa ancestral que los arrojó a la vida sin su consentimiento.
   Muchos hay, pero no entre ellos, adoradores incondicionales del ego. Los que han hecho del sinsentido sentido, de la corrupción virtud, de la virtud desasosiego. Los que ignoran compartir el pan con el hambriento y acercar un vaso al sediento. Son ellos los muy poderosos. Son ellos, los muertos.
   Son para los vivos mis balbuceos. Fueron escritos desde la desolación, contemplando el dolor y la muerte que, sobre el planeta, siembran ellos, poderosos, los muertos.

viernes, 22 de enero de 2010

Alfonsina Storni. Apuntes sobre una visión de lo humano. (1)







MI FATALIDAD (2)

No pretendo engañarme... Bien que me lo sé yo.
Era mi predilecto y por eso se murió.
..................................................
No sé si habré sido contagiada de mal.
Van tres veces que planto y se me muere un rosal!

Así murió en mis manos todo lo preferido
Y se fue de mi lado sin merecer olvido.
..................................................
Cada vez que un capullo se cierra en mi jardín
Suelo mover los labios atacada de esplín

Para decirme: Vamos! Bien lo sabia yo!...
Era mi predilecto y por eso murió.

Hay un saber experimentado en Alfonsina. Un saber inmune a todo autoengaño, absoluto e incontrovertible. Y una certeza que lo envuelve, tan dura e impenetrable como la de cada creyente. La de que todo lo predilecto habrá de tener como destino la muerte, y la de que todo lo que ella, Alfonsina, ame, habrá de morir en sus propias manos. La muerte acaecerá con la obstinación de lo ineludible. Todo lo predilecto habrá de morir. Esa es la ley. Esa es la Fatalidad.

No es, en realidad, ni el objeto ni la persona amada la victima de esa ley fatal. Lo es la poetisa que piensa haber nacido marcada, perversamente predestinada por un mal, oscuro e inapresable, que se manifiesta en la imposibilidad de retener lo que con predilección ama y de evitar su agostamiento. Nada puede hacer ella por su rosal moribundo y, desde esta impotencia, nada por sí'. El dolor es de ella, que es la amante. No del rosal. El rosal muere, no importa si muere para sí. Muere para ella ("se me muere un rosal"). Nada pierde el rosal con la muerte. Todo lo pierde su amante.

Tres veces plantó. Tres veces y un rosal. Pero, ¿fueron tres? ¿O fue siempre un mismo rosal? Quizás fue uno, el mismo, pero, cada vez, de colores distintos, de ramas y de espinas distintas. Uno y muchos. Y todos. Que habrían de morir eternamente en sus manos, sin que nunca naciera el uno que no se hubiera de agostar. Así es la ley que a ella la condena a vivir en un cementerio de rosales...

Es toda vivencia poética una metaforización de la propia experiencia vital. Esta experiencia de la imposibilidad del amor, por la indefectible y reiterada muerte del amado, sería el material vivencial del que surge la metáfora vegetal. Y el que el rosal muera precisamente por ser amado es, a su vez, para el que desde el amor lo planta, muerte: que es tedio de vivir, melancolía, "esplin". Mal metafísico sustancial que agosta, desde la supresión de la posibilidad del amor por la evanescencia mortal del amado, todo intento vital.

Y en esto, quizás, se cifre una filosofía implícita de la existencia. La del primado de la muerte sobre el amor. La de que todo amor es mortal. Y, también, la de que es el amor del amante la razón de toda muerte. Detrás de la cifra, subyace, oculta, una conciencia desgarrada, profunda, dolorosa: la de la incumplibilidad del Deseo. Conciencia última de la precariedad de lo humano. Conciencia del límite absoluto que cierra toda creaturalidad desde el seno mismo de su ser. Y es quizás esta dimensión aquella a la que, sin nombrarla, apunta el lenguaje transferencial de su metáfora poética.

Quizás sea lo intolerable de la objetivación de este mal metafísico la razón de la internalización de lo fatal en la propia actitud vital, como si de este modo pudiera tornarse habitable la propia vida en la apropiación internalizada, ya que sólo desde ésta la tematización poética haría posible dominio y convivencia. Y, así, en aquellos versos de "La loba" Alfonsina expresa su apropiación:
A veces la ilusión de un capullo de amor
Que yo sé malograr antes que se haga flor.3
No obstante, en "Rebeldía" nos dice que:
Amo todas las auroras y odio todos los crepúsculos.4

Y uno se siente tentado de pensar que morirán todas las auroras amadas y permanecerán vivos todos los crepúsculos. Porque, finalmente, toda rebeldía poética es evasión lírica frente a la férrea ley que condena a muerte al amado. Pero también cabe preguntarse si, a pesar de la lucidez del mal, no es la tematización poética la que deja un resquicio creatural como para que un amor, también creatural, cubra con su hálito todas las auroras.
Esto así era en 1916, cuando nació "La inquietud del rosal". Y quizás fue de alguna raíz de ese inquieto rosal la savia que dio vida a aquellos dos versos de "Ocre", nueva años más tarde:
Yo soy la mujer triste
A quien Caronte mostró su remo.5

Y, en la última estrofa del mismo poema (La palabra), un nuevo florecer de la rebeldía:
Me salí de mi carne, gocé el goce más alto:
Oponer una frase de basalto
Al genio oscuro que nos desintegra.6

Pero seguirá persistente e incólume el pensamiento de la frustración esencial, el de la muerte que troncha el objeto amado del deseo. En 1934 -dieciocho años ya han trascurrido desde "La inquietud del rosal" y faltan tan sólo cuatro para su deceso-, "Mundo de siete pozos", en su poema "El Hombre", nos dice:
Kilómetros en alto la mirada le crece
y ve el astro; se turba, se exalta, lo apetece:
una Mano le corta la mano que levanta.7

Y ese pensamiento hecho poema emerge de la cabeza humana, emerge de ese "mundo de siete pozos", desde allí donde:
Se balancea,
arriba,
sobre el cuello,
el mundo de los siete pozos:
la humana cabeza.8

Es el lugar y el origen de la palabra, de la primavera, de la tormenta, de lo dicho y del silencio, del ángel y de la mariposa, del sonido y la furia, de aquellas auroras y aquellos crepúsculos. Frente a él, inevitable, hay una luz, una luz que no es él, que es lo Otro, la Fatalidad, la Mano, el Genio Oscuro, la Muerte. Y que se revela también en el bellísimo y abismalmente melancólico endecasílabo de la última estrofa del citado poema:
Y riela
sobre la comba de la frente,
desierto blanco,
la luz lejana de una luna muerta...9

Quizás sea este endecasílabo el paisaje en el que vemos sobreimpreso su mundo de siete pozos. Con su nombrar la vida y la muerte, y con su verbo de silencio para nombrar Lo Innombrable. Asomada toda ella hacia aquello indecible que sólo el coraje del poema intenta en el silencio final de las cadencias.


1 He escrito estos apuntes en enero de 1989 a pedido de Guillermo Storni, sobrino nieto de Alfonsina. En 1992, los he levemente retocado. Los textos de Alfonsina utilizados han sido tomados de Alfonsina Storni, Poesías. 50 Aniversario, Sociedad Editora Latinoamericana, Buenos Aires, 1988.
2 O.c., p. 15
3 O.c., p. 17
4 O.c., p. 18
5 O.c., p. 99.
6 O.c., p. 100.
7 O.c., p. 143.
8 O.c., p. 114.
9 O.c., p. 114.


miércoles, 20 de enero de 2010

Tiwanaku. In memoriam.


Era mediodía y anocheció.
Carlos Medinaceli

    También ellos -amautas, hacedores de templos, escrutadores del cielo, talladores de piedras, trepanadores de cráneos- fueron hombres.

    Fue de ellos, como de todos los humanos, estremecerse ante lo indecible del sol que nace y del amor que abrasa. Y fue también de ellos sucumbir ante lo incomprensible del horror que en cada odio habita.

    Fueron, también ellos, entre el estremecimiento y la incomprensión, buscadores de un dios de lo significativo que les revelara lo indecible de la vida y de la muerte, y que ello hiciera valioso todo amanecer y todo ocaso.

    Imaginaron un dios cuyo rostro reflejara la luz que habría de iluminar todo extrañamiento y toda oscuridad. Creyeron que el dios imaginado tenía el rostro del sol. Y lo crearon a imagen de él. Vivieron cada día y cada estación conforme al ritmo de su dios.

    Perecieron como todos los humanos. Al igual que muchos de ellos, creyeron que había un “dentro” en alguna hendidura del tiempo. Sumaron a esto la creencia de habitar en los labios mismos de la acuosa vagina que había dado a luz al Universo. Como la mayoría de los hombres, también ellos vivieron y murieron en la añoranza del útero.

    Dejaron enormes piedras inexplicablemente fresadas; templos que la codicia del invasor arrasó; un calendario de estaciones para éste desconocidas; una puerta para su dios; y el mensaje vivo de haber sido hombres que nacieron y murieron mientras infinitas galaxias navegaban hacia ninguna parte en el Universo.

    La Cruz del Sur, el lado y la diagonal, el cuadrado, la geometría celeste trazaron sus templos, modelaron sus vasijas, entramaron sus atuendos e iluminaron sus vidas.

    Todos ellos murieron, pero su dios, en el solsticio de cada invierno, sigue cumpliendo el rito que ellos le asignaron.

    Las frías montañas que habitaron conservan sus huellas. Y el viento helado de las cumbres no interrumpe su soplo sobre el granito y el basalto de los que fueron.

Peregrinación a Santiago de Compostela


Los hombres del siglo XII amaron
apasionadamente aquellos grandes viajes
(los peregrinajes); les parecía que la vida del peregrino
era la perfecta imitación de la del cristiano.
Porque ¿qué es un cristiano sino un eterno viajero
que en ninguna parte se encuentra a gusto,
un transeúnte en marcha hacia una Jerusalén eterna?
ÉMILE MÂLE

    Envueltos todavía en la bruma de la historia, ahí van, peregrinos de la Edad Media, camino de Compostela. De Somport y Rocensvalles a San Juan de Ortega. De Burgos a Astorga. Del monte Irago a Noya.

    ¡Utreia! ¡Herru Santiagu! es el grito estremecedor con que cada mañana sus almas andrajosas y polvorientas reinician el camino. Peregrinar apenas imaginable. Absoluto e inmensurable en el sacrificio y en la compulsión.

    Puesta la vida toda en hacer del itinerante padecimiento corporal la peregrinación del alma. Como si sólo el hambre, la sed, el cansancio, el desfallecimiento y todas las penurias fueran pruebas palmarias de la disposición de ella al encuentro con ese su Dios dolorosamente parido desde el dolor y la perplejidad. Un encuentro mediado por el santo; «Por Santiago a Dios» es la consigna. En la confesión implícita de que sus propias fuerzas no alcanzan para traspasar el umbral.

    Transformar la peregrinación en sacramento para que realice su significado. Y también en rito que, año tras año, reitera la esperanza de la eficacia del gesto. Obsesivo anticipar lo esperado al fin de la vida, en cada pisada, en cada tropiezo y caída, al iniciar al alba el camino y al reposar cada noche los miembros doloridos. Porque está en juego la salvación, que es más que la vida. Y es, en esa obsesión, el terror de condenarse el que desaloja toda complacencia, toda morosidad. Sólo el sueño y el mendrugo para poder continuar. No el canto del ave ni la belleza del arroyo. Sólo andar y andar. Andar de peregrinos. De hijos de la lejanía y del terror, que con lágrimas polvorientas invocan al Padre, en pos de la purificación de una culpa que saben, de otras que suponen y de tantas que les achacan.

    En pos, dicen, de la Jerusalén Celeste, que para ellos es la patria definitiva, la del perdón y la paz. Aquella que intuyen eterna y celestial, ucrónica y utópica. Ese punto de llegada en que el último tramo infinitesimal de la horizontalidad del camino imaginan fundirse con la verticalidad de lo celeste. Como si fuera esa intersección de la Cruz Cósmica en que los primeros cristianos vieron crucificado al Verbo para que no se hundieran ni el universo ni el hombre. Como aquella otra -imaginada por los griegos- trazada por el encuentro de Okéanos y Uranos, en la que el Kosmos se liberaba del Kaos. Y, también, punto de liberación del yacer, del arrastrarse con el vientre pegado a la tierra, de la reptilidad ancestral y cotidiana, cuya memoria y experiencia desde siglos era vivida como encierro, sujeción, prisión y tiniebla.

    Ese punto tenía para ellos un nombre: el de Santiago. Y un lugar preciso de la tierra, al que llamaban «Compostela» - «Campo de la Estrella»-, como lo había hecho el ermitaño Pelagio al ver posarse sobre él la estrella que le indicaba la tumba del apóstol. Era hacia allí hacia donde iban. Tensos hacia el logro de la salvación, de la postura erguida y de la luz, en la creencia y en la esperanza de ya no habría distancia entre sus palmas, dolorosamente extendidas hacia lo alto, y las estrellas. Entre la finitud del niño y la infinitud del padre. Entre el hombre y Dios. Para ello, sin poder jamás confesárselo, habían concebido sus entrañas a Santiago y a Compostela.

    Esperanza de una Jerusalén Celeste. Desmesura atávica de la que, a pesar del mito y de la metáfora que, desde el malentendido de los orígenes hasta hoy, la prohíjan, también tenemos que liberarnos. Porque no hay viajes que emprender. Ni caminos que andar. Ni peregrinajes. Ni un Punto Crucial que haga posible investirnos de divinidad. No los hay que nos libren de la reptilidad. Sólo, sí, un estado de espíritu, supremo y posible, que asumiendo al ancestral reptil que somos, hace de su conciencia y de su lucidez una parte viva y palpitante del universo. Conciencia de la infranqueable finitud que da conciencia amante y creadora al hombre y de la que la culpa, si la hay, es la expresión más dolorosa. Es ésta la única Jerusalén posible. Allí está el Gran Templo de lo Innominado, en el que el Dios de la Paz palpita oculto tras un velo eternamente irrasgable y cuyo infinito misterio y gloria torpemente bosquejan el cielo, la tierra, el sentido ínsito de la trascendencia y la hondura del hombre.

     Es fe de los cristianos poder llegar a verLo cara a cara, si fue el peregrinaje dar de comer al hambriento y de beber al sediento. Y es también su fe que sería indebida esa visión, además de gratuita. Lo que en la bruma de la historia no es posible descifrar es si ésta fue también la de los que iban camino de Compostela. No vemos a su paso ni hambrientos ni sedientos que se les acercaran, ni cuenta la historia que, si los hubo, volvieran consolados. Sólo nos dice que, a veces, fueron ellos protagonistas de depredación, violación y pillaje.

    Si el don no se diera, si verLo cara a cara nos fuera negado, ciertamente desde esa conciencia de reptil ya habremos, de alguna manera, imaginado el Rostro, al palpar las arrugas del Velo palpando el rostro de cada hombre hambriento y de cada hombre sediento que, de nuestras manos, hubiera recibido el pan y el agua.

    No ya peregrinaje. No ya peregrino. El que está a tu lado es Jerusalén. Y el Templo, Y el Rostro. Seas cristiano o no.
  
    Esto me pareció ver, después de haber leído el relato de Émile Mâle. Y me fue de consuelo, en mi andar y en mi búsqueda de peregrino redivivo. Fue así que me detuve. Que intenté ver el Rostro de quien estaba a mi lado. Sentí llenos de polvo mis párpados y borrosa mi mirada. Llegué a entreverlo. Apenas. Y con dolor en los resecos ojos de mi alma.

Ese resplandor sereno donde toda lengua pierde su poder




              Los que acampan cada día más lejos del lugar de su nacimiento, los que arrastran su barca cada día hacia otra orilla, conocen cada día mejor el curso de las cosas legibles; y   remontando los ríos hacia su fuente, entre las verdes apariencias, son alcanzados de pronto por ese resplandor severo donde toda lengua pierde su poder. 
SAINT-JOHN PERSE, Nieve.

     Son ellos, el nómade que cada día está más lejos y aquel que cada día mantiene enfilada su proa hacia la otra orilla, los que, también día a día, experimentan el curso de lo legible. A ellos, en algún momento, los cubre esa luz que silencia a las palabras. Y entonces, su decir, que ilumina para los hombres lo indecible, se hace el decir que ellos mismos llegan a ser. Advierten que las palabras hasta entonces dichas eran tan sólo verdes apariencias. Que las nuevas son aquellas dichas desde el ser que se es.

     Hemos de intentar oir ese resplandor severo. Y no detener nuestra travesía en brumosos puertos de apariencias. Ni en aquellas certezas que sólo provienen de la inmediatez de la lógica o del testimonio siempre balbuciente de las ciencias. Y también hemos de recordar que de muchas maneras se dice el ser, y que hay una que dice lo que sólo puede ser dicho siéndolo desde ese ser que cada quien es.

     Me pareció que algo por mí sentido podía estar expresándose desde esos versos de Saint-John Perse. Que quizás había experiencias de alguna manera similares, expresables en parte desde la metáfora en el poema, pero indecibles desde el cara a cara o desde las evanescencias del gesto.

     A veces pienso que hace siglos o milenios hemos emprendido este viaje. Que no nos mueve ni guía certeza alguna. Tan sólo una suerte de instinto de luz en pos de aquella que algún día, antes de morirnos, habría de alcanzarnos y liberarnos, después de haber despojado a nuestras palabras de la dura violencia sobre ellas ejercida para silenciar el silencio.