sábado, 2 de octubre de 2010

En los albores de la mutancia


   La luz atraviesa lentamente el horizonte. Lentamente se despliega la alborada del sentido en la mente rudimentaria y anómala del mamífero mutante. 

   La luz nació encarnada en el utensilio que hizo posible asegurarse el alimento y ser guardián del fuego y de la vida.

   Nació encarnada en ese amor extraño y nuevo por el que el macho y la hembra sintieron que él era infinitamente más que la cópula, y sus cachorros infinitamente más que criaturas expelidas de un útero.

   La luz se hizo plena haciéndose carne en el gruñido del mutante; y se transformó en palabra. Se hizo verbo para nombrar a lo que se ama y a lo que se odia, a lo significativo y a lo deleznable. Y también para nombrar lo indecible que a cada mutante  anonada.

   En los albores de la mutancia fue la luz hecha verbo. Y el verbo fue vida para el hombre naciente.  

   De luz y verbo tejió el mutante sus mitos para expresar lo significativo con que su existir lo sorprendía y lo aterraba.

   Intuyó el silencio en los límites de la palabra. El silencio abismal que envuelve al universo y a la mutancia, y que antecedió a la alborada. Lo imaginó en la infranqueable disimilitud a la que toda metáfora arroja. Y lo llamó “Dios”.

   Dios de los mutantes. Dios innombrable de la invocación sin palabras. Dios infinito del silencio. Dios de la alborada. 

 Ilustración en http://www.taringa.net/posts/musica/5492271/All-nightmare-long_-Metallica.html

viernes, 1 de octubre de 2010

Se hizo noche esa noche en Mataderos

En silencio
por las calles
se pasea
el silencio
de la luna.

Somnoliento
un tranvía
va a tientas
por los rieles
de la noche
vagabunda.

En la esquina
se hizo noche
la palabra
y el amigo.

Solo quedó este frío
acariciando
penumbras.

Fotografía de Ramón López publicada en raislost.blogspot.com

jueves, 30 de septiembre de 2010

Entre número y número, infinitos universos.


   Entre número y número hay infinitos universos. En las hendiduras de la sucesión de lo discreto hay abismos insondables.
  Que esto así sea no es locura. Ni extravagante, pensarlo,
  Nadie ha penetrado la hendidura que -en realidad, no en la abstracción de los matemáticos- separa el cinco del cuatro, a éste del tres, al uno del cero.
 Cada hendidura marca la infinita diferencia entre lo creado y lo creable. El "+1" la simboliza, aunque inadecuadamente. En realidad todo "+1" es "+ infinito". Sólo Dios -o lo que esta palabra vanamente intenta aferrar- puede crear el 5 después del cuatro, éste después de 3, el 1 después del cero. Y, al igual que el 1 después del 0, todo lo nuevo respecto de lo anterior.
   Cuando el hombre cuenta, salta abismos. Difícilmente advierte que es, en las hendiduras que la sucesión sensorial de lo discreto soslaya, donde eternamente la creación trabaja y se le oculta.
   ¿De qué se trata en todo esto? De la simpleza de que no se puede sumar una manzana a otra sin pasar de la nada de ésta a su realidad. Y de que en la conciencia de este pasaje y de esta infinita hendidura estriba la diferencia que abismalmente separa al sabio del que carece de sabiduría.
  Esta parece ser la enseñanza de lo obvio: que no es el contar lo que cuenta, sino la hendidura.


viernes, 20 de agosto de 2010

Las progenitoras de las palabras


Fotografía de Bahman Farzad  - www.flowerimages.com
La Muerte y la Luz están por todas partes. quemando palabras... quizás para crear algo bello. Roger Zelazni.

Alguna vez llegué a pensar que los encuentros entre personas eran asimilables a aquellos que acontecen en el submundo azaroso del átomo. Que lo humano respondía a ese mismo orden complejo de colisiones y fusiones no predecibles. Y que lo mismo ocurría con los libros. Como me aconteció con este texto de Roger Zelazny. Que no busqué. Que inesperadamente encontré cuando mi curiosidad, también imprevisible y azarosa, me llevó a él.
Retuve algunas partes de ese texto. Las ligué construyendo puentes suspensivos sobre las lagunas que yo mismo le abrí. Lo hice desde una interpretación casi espontánea y, sin dudas, nada respetuosa de su contexto. Recuerdo que, según los etimólogos, interpretar, en su significación más antigua, habría expresado la idea de negociar. Que es también la de intercambiar. Y la de generar diferencias en el dar y en el recibir. Creo que es esto lo que hice. Algo o mucho le quité a Zelazny. Algo o mucho le añadí. De alguna manera sentí que, sin yo quererlo, se iba creando mi propio texto. Como ocurre en todo encuentro humano, donde el otro puede ser reconocido y aceptado en su alteridad desde la similitud por uno descubierta o construida. Y, en este caso, la similitud que yo negocié para mi interpretación.
Instalado en esta impunidad interpretativa, me ocurrió pensar que la Muerte y la Luz son progenitoras de las palabras. Que éstas llevan en sí los genes de ambas. Que intentan fusionar esos dos misterios en el mismo y siempre renovado rito de ser dichas. Que, cuando esto acontece, ellas, a la vez que evocan la Muerte, iluminan. Que es por su Luz que la Muerte toma presencia. Que así son ellas. Y que así se comportan. Todas. Las del odio y las del amor. Porque no hay palabras de odio que no iluminen al que las recibe, ni palabras de amor que dejen de evocar la muerte en el amado. 
 También me ocurrió pensar que no hay palabras de un solo rostro. Que incluso aquella suprema que se dijo ser el Verbo -Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, según el testimonio de Juan en su Prólogo- también lleva en sí la posibilidad de su rechazo por las Tinieblas. Palabra que, apta para iluminar, también lo es para evocar la negación.
Los pensamientos son como las cerezas, solía decir mi padre. Nunca vienen solos. Siempre entrelazados con otros. Y el pensamiento que lo estaba con los anteriores era éste: que como la Luz era negación de la Muerte, y ésta de aquella, así de contradictorias habrían de ser las palabras. Así de inconsistentes y de encubridoras de lo esencial. Y que, quizás, nunca hubo ni "principio", ni "verbo" alguno en él. Sólo, en el lejano amanecer de la conciencia humana en el Cosmos, habría sido la Metáfora, el primer y eterno balbuceo del Universo en el intento imposible de la palabra que lo contuviera. O, también quizás, el infinito cono de sombra de una metáfora primordial en el que el hombre naciente hubiera creído sentir su hogar, al oír el pálpito fetal y estremecedor de Lo Innominado, de lo absolutamente Real. De lo no tangible ni por la Luz ni por la Muerte. De lo Sin Nombre. Del Alef abismal e impronunciable. En los penumbrosos confines de la metáfora. Allí donde ese infinito cono de sombra se interna en la infinitud de lo Disímil y donde se derrumba la muralla de todo lo imaginario.
 Siguieron, a éstos, otros pensamientos. Como, por  ejemplo, que no sería absurdo imaginar que el habitat posible del hombre en el Cosmos estuviera precisamente allí, en ese cono de sombra. Que habitar la palabra -afincándose en ella y no traspasando sus umbrales- pudiera constituir la Gran Equivocación. Y que incluso la palabra "hombre" sólo podía expresar la incongruente simbiosis de la exultación radiante de la Luz y de la abismal ceguera de la Muerte, de Eros y de Thanatos, y de todos aquellos otros dualismos que el pensamiento humano viene formulando en su inmaduro y empeñoso intento de levantar su tienda fuera de aquel cono de sombra.
 Por último, no pude dejar de pensar que, en ese mismo texto, Zelazny dice que las palabras son quemadas en el samsara. Que se consumen, crepitando, en la precariedad de ese fluir siempre evanescente que llamamos vida o ilusión. ¿Para qué? Quizá -responde- para crear algo bello. Pensé que esto también pertenecía a la ilusión. Que las palabras no se inmolan. Que no tienen tal conciencia. Que ellas ocultan, incluso a su pesar, lo que está más allá de la ilusión de la Luz y de la Muerte, del Amor y del Rechazo, del Sí y del No. Y que lo bello echa sus raíces en aquel mismo cono de sombra. Allí donde las palabras sólo pueden ser mistagogas del Silencio. Donde, si no son esto, sólo les queda ser grandilocuencia de la nada o hueca retórica de  lo banal.
Así me pareció todo esto en el breve instante en que mi mirada recorrió ese párrafo de Zelazny. Y lo volqué en palabras. En las mías, que también son, como las de él y las tuyas, hijas de la Luz y de la Muerte.

viernes, 13 de agosto de 2010

Cuando la estrategia es la pobreza. Un pensamiento de Nicolás Maquiavelo

 



Concluyo que los ofendidos no pueden vengarse, 
al ser pobres y estar separados…  
 Nicolás Maquiavelo
 El Príncipe,  III, 5,18.

Frente a la venganza posible de los desposeídos hay una estrategia exitosa para el que desposee: hacer que ellos -los que han sido despojados de sus bienes- permanezcan pobres y divididos. Empobrecer, dividir o, por lo menos, dispersar, es la fórmula que se manifiesta efectiva para mantener el status quo -que el dominador impone- libre de amenazas de venganza y de restitución del orden y de los bienes. A su vez, si se tiene en cuenta que los perjudicados son una mínima parte de cuantos componen un Estado (ibid.), no habrá de resultar dificultosa su aplicación.

Esto ha de hacerse con esos pocos. Los efectos repercutirán en los más, los que no fueron afectados ni en sus personas ni en sus bienes y que, en consecuencia, no teniendo razones para la intranquilidad, no habrán de sentirse inclinados a la revuelta viendo lo acaecido con aquellos pocos.

Esta estrategia pertenece a la grande industria, a la habilidad del colonizador, pero el éxito depende también de la fortuna. Es necesaria la primera, pero no es suficiente. El logro depende de la suficiencia de lo incontrolable, de la suerte. Esto implica que, finalmente, ni la generación planificada de la pobreza ni las estrategias de confrontación entre los desposeídos son suficientes para mantener el status quo y para constituir una ejemplaridad disuasiva. Podrá hacerse todo esto y resultar inútil a los fines del príncipe colonizador. También queda implícito que los desposeídos pueden mantener viva su esperanza y huir de la resignación. No necesariamente la fortuna ha de serles siempre adversa. Y si fueron colonizados por fortuna e grande industria, también podrán liberarse si, en la espera de la fortuna, desarrollan su propia estrategia de liberación.

ooo

La pobreza es una bienaventuranza tan sólo en el Reino de los Cielos. Para el príncipe descripto por Maquiavelo es un recurso estratégico -imprescindible- de dominación. Sin embargo, no suficiente. La suficiencia no está en sus manos, sino en las de la fortuna. De ella depende la dádiva que, paradójicamente, hace de todo príncipe un mendigo.

ooo

Desposeer a pocos. Tan sólo lo necesario. La desposesión es un procedimiento que habrá de realizarse a la perfección, en su justa medida. ¿Un mal necesario o una herramienta de precisión? ¿Un escrúpulo técnico o un dejo de escrúpulo moral? Estas dudas pueden permanecer abiertas a la discusión en una obra del siglo XVI. Hoy los despojos son burdamente masivos y las estrategias de empobrecimiento y dispersión obscenas en su incontinencia. Todo ello inimaginable para el canciller florentino. Y no desde la moralidad (o quizás también) sino desde la virtù y la industria.

ooo

Empobrecimiento y dispersión. Una clave para que hoy los pueblos conozcan a sus príncipes y diluciden el nuevo orden.

domingo, 8 de agosto de 2010

Fue allí en Samaría

 

Ni huella de mis pisadas.
Ni eco de mis palabras.

Muy largo fue el camino.
Junto a la fuente
me pregunté
qué sed era mi sed
si ya no había labios
que sorbieran,
ni manos que al cántaro
sujetaran.

Fue allí en Samaría
que levanté mi tienda
en soledad de sed
y de palabra.

Sólo me envuelve
el silencio abismal de Elí
habitando su tienda.

Voy a Jerusalén
sin dejar huellas
mis pisadas,
sin dejar ecos mis palabras.

sábado, 7 de agosto de 2010

Andar desnudos el desierto



Foto: rosanaconda.spaces.live.com/
El Paraíso está cerca; en uno.
Pero el camino es el otro.
Y es lento y no muy seguro.
Eduardo Mitre
 Volví hoy, una vez más, al mandato bíblico de andar desnudos el desierto. A veces me siento como atrapado por sus resonancias. Como en una burbuja infinita a cuyo centro confluyen voces apenas inteligibles y mensajes entrecortados de una verdad que intuyo cercana y experimento inasible. Siento que ese mandato no se agota en la literalidad que aparenta contenerlo.
 Me pareció que ese desierto y ese desnudo andar de nómade estaban y ocurrían aquí, dentro mío. Que nada tenía que ver con ellos todo mi acudir cotidiano y solícito al deseo -casi siempre simbiótico- del otro -casi siempre indiferenciado-, en pos de esas "mercancías" que habrían de satisfacer mi corporalidad y también mi inmadurez. Que, en cambio, el mandato poco o nada decía acerca de las adyacencias y del reiterado transitar sus territorios. Que, sí, todo él se refería a algo que me era interior. Que esas adyacencias, las del acudimiento, eran, las más de las veces, sedentarismos similares a asentamientos de muertos, extramuros de la identidad y, por tanto, de la vida. Adyacencias por mí conocidas, por mí transitadas, y de las que el mandato nada explícito decía.
 Comencé a imaginar ese espacio interior como proceso, no ya como lugar. Sin otras referencias que las que surgían del mandato mismo: el imperativo -quizás la pulsión- de una creatividad siempre abierta y riesgosa y que habría de ser vivida en aceptación gozosa e irrenunciable, a pesar de la intemperie que sobre ella las adyacencias pudieran proyectar. Y, también, con las marcas propias de una gestación cuyo fruto final llevaría en sí la herencia genética de lo propio, la identidad de lo diferente y no categorizable. Esto comenzó a acontecerme al traspasar el umbral que me adentró en esa "psicología del atardecer" que Jung dijo caracterizar la etapa última de la vida.
 Pensé que allí, en ese lugar-proceso, la desnudez era el estado natural y que, naciendo "vestido", el despojamiento habría de retornarme a él. Desierto y desnudez que yo habría de generarme, que no habría de ser ausencia enajenante de mí, sino ausencia de los otros. No de todos los otros, sino de aquellos otros que, en cuanto hambrientos de una identidad renunciada, devoraban y devoran la otredad que era y soy para ellos. De aquellos otros que, afectados por la sujeción a la pulsión destructiva de lo propio, de la diferencia y de la desnudez, hicieron de su sordera muros impenetrables al mandato. Apenas sobrevivientes, a media vida en su adhesión simbiótica, en su succión de vida ajena, de esa vida "otra" que jamás podrá alimentar ni su regreso a sí, ni la escucha del mandato, como tampoco el don de su diferencia para aquellos de cuyas almas intentaron el despojo.
 Pensé que el otro que en verdad es otro es sólo aquel que, también en verdad, asume su desnuda mismidad, su desnuda diferencia. No quien, en su alienación, tiene como objeto irrenunciable y perentorio de su deseo el abrazo simbiótico y, en él, como pulsión última, la renuncia al nacimiento. Mi otro, el otro de mi tensión y de mi horizonte, si alguien ha de ser, ha de ser aquel que en mí busca la diferencia significativa, aquella que es justificación última de todo nacer a lo real. Ese mismo en quien yo busco la diferencia que me permita hacer de carne y espíritu mi condicionada identidad. Surgir, así, de identidades, en el don recíproco de las diferencias. Nacer de mutuas trascendencias, no apropiables, sino sólo mediables por la metaforicidad del gesto, de la palabra y, también, de la mirada y del silencio. Metaforicidad en la que éstos son, de verdad, lo que son: gestos, palabras, miradas y silencios. No de la indiferencia, sino del don salvífico de las mutuas diferencias. En el infinitamente respetable misterio de mi mismidad para el otro. En el igualmente trascendente asombro, en mí, por la otredad de ese alguien que me acontece en la gracia del encuentro.
 Pensé que esas trascendencias mediadas se llaman sociedad, ética, amistad, amor, religiosidad. Todas ellas posibles sólo en la reciprocidad de las diferencias. Y pensé, también, que la donación de la mutua desnudez, de la infinita diferencia, sólo podía ser tal si su verdad emanara del asombro por el don de la desnudez propia y de su abismal y paradójica exigencia de otredad. Así me pareció que era la trama que suponía el mandato. La textura que suponía ese texto. Que obedecer el mandato era la condición absoluta para que el hombre rompiera la cerrazón de su inmanencia y se liberara de las errancias vanas e ilusorias que en ella habitan. Y que, teniendo mucho que ver esto con la posibilidad de una comunidad humana sólo realizable desde el amor y la solidaridad de las soledades, ese mandato se me tornaba insoslayable. En verdad, me parecía oír en él la voz lejana y familiar de mi raigambre perdida o, quizás, infinitamente olvidada.

jueves, 5 de agosto de 2010

UN PEREGRINO

¿Quién puede comprender
esa sed de llanuras
en las grietas del ser?
Vestido de silencio,
erguido caminaba sobre el mar.

Quizás en pos del rostro
perdido de su niñez,
o del duende escondido
en el eco soñado
de un caracol.

Venía de antes
y de muy lejos.
De una tumba, quizás.

Un peregrino
es un misterio de hombre,
polvo y eternidad.

sábado, 31 de julio de 2010

No la fe, sino la creencia.


No fue la fe de Julio II lo que impulsó a Miguel Ángel a crear el Moisés. Lo fue su creencia. La fe le hubiera impedido el fausto de su sepultura. No así la creencia en su gloria póstuma.
Por la fe es posible caminar sobre las aguas y mover montañas. Pero los hombres prefieren obras acordes no ya a su fe, sino a sus creencias. Mientras, la historia atesora enigmas. Como el de la belleza del Moisés y el de esa creencia en el corazón de un papa.

miércoles, 30 de junio de 2010

Entre la lucidez y el poder...


    Se deja detrás de sí sólo aquello por lo que se ha vivido. No hay, en realidad, causas por las que se muere.

   No quita ello que sea la muerte aquello por lo que muchos viven.

   Así, hay quienes dejan vida, y otros, muertes. Y, cada uno, la medida o la ausencia de su humanidad.

   De los dones de la vida, quizás el legado más humano -más fraterno- sea el de haber incrementado la lucidez.

   De todos los dones, ese algo de luz que, día a día y noche tras noche, alguien va encendiendo para sí desde la oscuridad de su indigencia, después de haber superado la encrucijada de optar entre la lucidez y el poder (incompatibles, por negar éste la fraternidad que aquella revela).

   Esa misma lucidez de la que quiso hacer partícipes a sus hermanos el último de los profetas de Israel, y que se tradujo en el mandato de no tener a nadie ni por maestro ni por señor, porque sólo Uno lo era... Mandato éste que es concreción eminente de aquel otro que consigna el Deuteronomio: el de elegir la vida.

   La herencia a dejar será la opacidad de la insignificancia (no ausencia sino oscurecimiento de lo significativo) o esa partícula de luz para esa partícula de universo que es el hombre. Ni poco ni mucho. Y, sí, la inconmensurable diferencia entre ser uno y ser nada.

   Hay momentos en que ciertos espejismos tornan falsamente luminosa la opacidad de las cosas, o se insinúa en ellos confortable y digno el ilusorio poder de sentirse uno maestro y señor. A veces acontece ese como exilio del alma en la oscuridad del sentido; hay insania, ausencia de sí, en el ausentarse uno del hermano. Esto ocurre cuando, en esa opción entre lucidez y poder, eligiéndose el poder se elige la esclavitud.

viernes, 18 de junio de 2010

De allí y entonces y de aquí y ahora.

Giovanni Bragolin
   
Cuidaba de su pequeño con ternura infinita e infinito desapego. Pero deseaba que pronto muriera, porque, de lo contrario, sería un niño muerto.

   Jugaba con mi hija, que apenas era más grande que el suyo, como si, a pesar de sus años, fuera ella todavía una niña. Deseaba ser pequeña igual que tú -le dijo un día- para poder, como tú, colorear tus dibujos.

   Jugaba con mi hija, porque mi hija estaba viva.

   Amaba a su hijo. Tanto lo amaba que no quería que, estando vivo, fuera un niño muerto. Por esto, un día nos dijo que mejor sería que pronto muriera.

   Estas cosas ocurren cuando, en la tierra de todos, la pobreza de los muchos se torna tan indecible como la indiferencia de los pocos.

ooo

   Me he preguntado quiénes son aquellos pocos -si todos los pocos o si algunos de ellos- que siempre habrán de tener consigo a los pobres y que podrán excusarse de olvidarlos por un instante al perfumar los pies del Nazareno. Me he preguntado, también, cuánto habría de durar ese instante. Si en él se podría contener el hedor de los infinitos niños muertos. Y si los que pusieron en labios del Nazareno esas palabras, previeron que, mientras perfumaban sus pies -aún en la anticipada prefiguración de su entierro- infinitos niños pobres agonizaban -morían de no tener vida- en el agonizante corazón de sus madres.
   
   Fue otro el sentido del mandato. Debes abrir generosamente tu mano a tu hermano afligido y pobre en su tierra. Así está escrito en el Libro del Deuteronomio. Para vergüenza mía y de muchos. De allí y entonces y de aquí y ahora.

martes, 15 de junio de 2010

...mi jardín de senderos que se bifurcan...


Dejo a los varios porvenires (no a todos)
 mi jardín de senderos que se bifurcan.
Jorge Luis Borges

... pasar de una tradición del filosofar
puramente racional y abstracto
a una filosofía concreta nacida a
  partir de la interpelación existencial
con que se ve enfrentado el hombre
 en el “aquí” y  “ahora” 
de cada nueva situación histórica.
Ernesto Grassi

Muchos son los mundos reales, e infinitos los posibles. Son, ambos, los mundos de cada quien. Los reales, que son procesos y estructuraciones de hechos a ellos consecuentes, generados a partir de las opciones concretas del aquí y del ahora. Y los posibles, aquellos cuya existencia hicieron imposibles las opciones desechadas.

Vivimos -lo aceptemos o no- en el mundo real, en el de cada quien. Tangible, concreto, indecible. De penas y alegrías, de pacificaciones y sobresaltos, de iluminaciones y oscuridades, de frutos y desgarramientos. En radical e incomunicable soledad, cercados por un horizonte de finitud que llamamos muerte y que en vano intentamos imaginar inalcanzable.

A su vez, en los socavones de nuestra fantasía se abre infinito el mundo de lo posible. Aquel que se fue construyendo, en cadenas interminables de consecuencias y azares, a partir de cada opción desechada en cada una de las bifurcaciones en que la vida se nos fue abriendo. Aquel que Borges, en su Sendero de los caminos que se bifurcan, imaginó infinito, que no alcanzó a construir Ts’ui Pên y en el que, de haberlo logrado, los hombres se hubieran perdido.

El mundo de lo posible de cada quien se va haciendo en los márgenes. Cuando, en vez de optar por el sendero que se abre a nuestra derecha, optamos por el que se tuerce hacia a nuestra izquierda. O cuando, desechando a éste, nos entregamos a aquél.  Como si fuéramos un huso que entreteje una trama imprevisible en la que el reverso inesperado es lo posible, y lo real, igualmente inesperado, el camino que vamos siendo.

Ese reverso contiene, cifrados, infinitos futuros, infinitas identidades, infinitas relaciones. Todos ellos posibles. A ellos condujeron  los senderos no emprendidos, los caminos desechados desde la lucidez, los rumbos abandonados desde el cansancio o la indolencia, y aquellos otros, los interrumpidos por la intolerancia, la codicia o la envidia.

Nadie conoce el código que devele la cifra de lo que pudo haber sido. Todos intentamos imaginar esos ríos de eventos desde los cauces que no abrimos. Y, las más de las veces, como si con ello lográramos vernos en esos futuros desechados que, por un destino inexplicablemente esquivo, habrían de ser mejores que este presente que ahora se nos revela, de bifurcación en bifurcación, torpemente plasmado.

Cuando esta fabulación nos acontece, difícilmente advertimos que en esa trama laberíntica -necesariamente imaginada- de una existencia cuya temporalidad se articula en infinitas posibilidades de rupturas, convergencias, simultaneidades, ese yo posible del deseo -no circunscripto a ninguna determinación o circunscripto a todas- jamás podrá tener la individuación y la identidad del yo real e histórico.

ooo  

Esta consistencia de ser adquiere día a día su realidad -su concreción histórica, su espacio y su tiempo, su habitat y sus raíces- en la aceptación de la precariedad y del riesgo que toda bifurcación comporta en la respuesta que demanda. El camino para el hombre es éste: el de la interpelación continua -personal e ineludible- que sobre él ejerce su ser en el mundo. Y el de la respuesta que, en su concreción, ha de ser una -no dual- en la opción necesariamente irrevocable que de un sendero hace un camino real del ser en el mundo, y, del otro, una posibilidad en el laberinto infinito de todas. 

Respuesta que, mientras el hombre vive, nunca es definitiva porque no hay bifurcación que lo sea. Lo definitivo es el camino que, de opción en opción, de renuncia en renuncia, de riesgo en riesgo, se va trazando y que es, finalmente, uno mismo como expresión viviente de una posibilidad realizada o fallida de la Creación.

La interpelación siempre supone un “tú”. No somos interpelados para el hacer como finalidad sustantiva y última, sino para amar desde la entrega de la totalidad de sí. Hacer para el hombre es amar. Hacer es crearse a sí mismo -en cada interpelación de la existencia personal del “aquí” y “ahora”- para la entrega -valiosa para el “tú”- de sí. Ser es hacerse habitable, dador de los mejores frutos en uno madurados, acogedor y hospitalario. Una tienda y un hogar en la intemperie. 

Si la respuesta es otra, si otros son los senderos, el laberinto de las posibilidades que cada uno no ha sido habrá dejado paso a una historia -a un espacio y a un tiempo- del caos inhabitable, de la desolación, de la miseria, del hambre y de la necedad.  Como inhabitable, desolado, mísero, hambriento y necio es ese laberinto de círculos incomunicados que Dante, llamándolo Infierno, describió en La Divina Comedia como reflejo de la historia de su tiempo. Como inhabitable, desolado, misero, hambriento y necio es este laberinto de círculos incomunicados que, día a día, los poderes protagónicos de nuestra civilización -desde el exterminio físico, económico e ideológico- levantan sobre el planeta.

Lo imposible para el hombre se halla en sus posibilidades de negarse a la interpelación que su ser en el mundo le formula en términos de vida. La posibilidad real de lo imposible está en la respuesta que, frente al mandato de elegir la vida, opta por la muerte. La vida es posible, pero a ella se le opone -y muchas veces neciamente se le impone- la realidad de la devastación.

No ha de ser la inmadurez fantasiosa del laberinto infinito de lo posible lo que ha de enajenarnos de la respuesta positiva, día a día, a la interpelación concreta por la vida. En ese laberinto de lo posible el hombre se pierde tornando imposible su vida. Ella ha quedado lejos. No necesariamente por una simple e inmadura omisión de lo bueno. Sino por la omisión de la respuesta válida a la interpelación. La de elegir ser, que es tornarse un yo pleno y habitable. Una tienda y un hogar en la intemperie. Una posibilidad realizada, no fallida, de la Creación.

Esta parece ser la lúcida verdad de lo que es necesario y suficiente.

domingo, 13 de junio de 2010

El Dios de la alborada


    La luz atraviesa lentamente el horizonte. Lentamente se despliega la alborada del sentido en la mente rudimentaria y anómala del mamífero mutante. 

    La luz se encarnó en el utensilio que hizo posible asegurarse el alimento y ser guardián del fuego y de la vida.

    Y se encarnó en ese amor extraño y nuevo por el que el macho y la hembra sintieron que él era infinitamente más que la cópula, y sus cachorros infinitamente más que criaturas expelidas de un útero.

   La luz se hizo plena haciéndose carne en el gruñido del mutante; y se transformó en palabra. Se hizo verbo para nombrar a lo que se ama y a lo que se odia, a lo significativo y a lo deleznable. Y también para nombrar lo indecible que a cada mutante  anonada.

    En los albores de la mutancia fue la luz hecha verbo. Y el verbo fue vida para el hombre naciente.  

    De luz y verbo tejió el mutante su mitos para expresar lo significativo con que su existir lo sorprendía y lo aterraba.

    Intuyó el silencio en los límites de la palabra. El silencio abismal que envuelve al universo y a la mutancia, y que antecedió a la alborada. Lo imaginó en la infranqueable disimilitud a la que toda metáfora arroja. Y lo llamó “Dios”.

     Dios de los mutantes. Dios innombrable de la invocación sin palabras. Dios infinito del silencio. Dios de la alborada. 

viernes, 11 de junio de 2010

El acontecer de los sueños


Un sueño no puede
convertirse en nada
una vez que se ha soñado.
MICHAEL ENDE


     Los sueños nos acontecen. No los soñamos. No somos sus artífices. Son ellos los que nos sueñan y, también, nos modelan. Nada conocemos de su génesis. Poco logramos de nuestros intentos de interpretarlos. Sabemos que, una vez acontecidos, no podrán convertirse en nada. Que se afincarán en nuestra mente. Que desde allí nos acompañarán para siempre. No importa cómo. Si desde los pliegues más profundos de la conciencia, o desde esporádicas reapariciones en nuevos sueños, o desde irrupciones inesperadas en la vigilia, o si, trasponiendo los umbrales de la conciencia, se tornan metáforas en un poema, o subyacen a un pensamiento, o esculpen la textura de un cuadro, o modulan torrentes y remansos en una sinfonía. De alguna manera modelan también la cotidianeidad de nuestras vigilias, dándoles formas, luces, sombras, ciertas voces y ciertos silencios. Habitan nuestros gestos, nuestras actitudes y, también, ese ángulo -único- desde el que el mundo y la vida se hacen paisaje y tierra de cada uno. Nunca dejan de darles a nuestras percepciones, fantasías y pensamientos esa tonalidad, irrepetible y propia, que sella la diferencia entre una metáfora de la luz que amanece y de otra en que ella se oculta.

     Hay sueños alegres, los hay tristes y los hay de apariencia indiferente. Algunos logran ser recordados y otros se olvidan al despertar. De los recordados, unos pocos se tornan memorables. De éstos, algunos desentierran el imperio de un mandato, otros el de una prohibición. Algunos son la confesión de lo que jamás podrá ser dicho. Otros, el cumplimiento del deseo negado. Algunos, la revelación de un sentido, o la anticipación de una pena o de un gozo. Otros, la expresión reiterada de una culpa, o del camino a su expiación. Pero todos ellos, de una manera u otra, son mensajeros imprevistos y pedagogos sabios de liberaciones oscuramente presentidas y esperadas.

     Entre ellos, y con igual destino aunque diferente pedagogía, se dan los temidos, los que nos dejan en apariencia indefensos, a merced del desamparo y de la impotencia: son los que nos horrorizan, como las pesadillas, o los que nos aterran como los otrora llamados "íncubos" y hoy "terrores nocturnos", o los híbridos de éstos y aquéllas. Algunos vencen la prueba de la vigilia y logran ser recordados. Otros se sumergen en el magma del que emergieron, para continuar allí, entrelazados y adheridos a la vida subterránea que los alimenta, en su búsqueda de nuevas metamorfosis que les permitan inducir la liberación esperada.

     De entre los sueños horrendos que vencieron la prueba de la vigilia, algunos vomitaron, sobre ésta, creaturas igualmente horrendas, que comenzaron a vivir entre nosotros, como Jekyll y el señor Hyde, nacidos ambos de una pesadilla de Robert L. Stevenson, o como Frankestein, a quien dio nacimiento una pesadilla de Mary Shelley. Y como todas aquellas otras creaturas monstruosas que forman parte de la vida de cada uno, y que, también ellas, nacidas de pesadillas o de terrores nocturnos, perduran en la conciencia a la espera de que su mensaje sea atendido.

     Poco sabemos de todos estos mensajeros de la noche, de su extraña pedagogía y de esas sus historias horrendas que emergen de su matriz ancestral. Poco o nada sabemos de su significado, poco o nada del por qué y de su finalidad. Frente a ellas, nuestra experiencia onírica es la del terror. Del aquel inconmensurable, sin límites, que nos encierra en la vulnerabilidad total, en la paralizante impotencia del grito, en la imposibilidad de la invocación. Hasta que nos acontece la gracia de poder huir, saltando el vacío que nos separa de la vigilia, como quien salta del encierro del sepulcro a la vida, o se libera de las garras del abandono sin límites entregándose al seno protector de esa Gran Madre que es la vigilia. Lejos ya del peligro, en nuestra huída de niños, pero también lejos del mensaje y de su cifra.

     Nada sabemos de los terrores ancestrales que nos habitaron -y modelaron nuestros genes-, hace milenios, cuando la palabra aún no nos había nacido y cuando fue la angustia sin límites de un gruñido ahogado el primer intento de palabra suplicando ayuda. Si de esos terrores supiéramos, quizás se nos tornaría legible el mensaje desde la cifra justa, y no desde el terror ancestral sobre él proyectado.

     Desde entonces ha ido cambiando nuestra vida; se ha ido poblando de creaturas nocturnas, que hemos encerrado en el silencio y en la oscuridad que a éste le atribuimos. Y le hemos dado a la palabra el don y el lugar de la vigilia, y atribuido la luz y el limitado -y por esto controlable y seguro- mundo de lo decible. Pero en nuestros sueños de terror, continuó incólume perdurando nuestro abandono, nuestra vulnerabilidad, el gruñido, el grito arrojado a la nada. Allí, en las profundidades de las que esos sueños son oscuros ecos, yace nuestra soledad, sentida desnuda e irredimible. Y yace también, a la espera de nuestra comprensión, el mensaje todavía incomprendido.

     He pensado a veces que pesadillas y terrores nocturnos son, a la vez, la gran metáfora de la precariedad que somos y la de la luz que en ésta se oculta. Y que, como toda metáfora, quizás también ellas contengan las cifras de ese misterio presentido e indecible que es la vida indecible e inefable que para cada uno ha de ser la propia.

     He tratado de leer, en las imágenes que de algunas de esas creaturas perduran en mi vigilia, la escritura críptica que las dibuja. Lectura, por cierto, desde la vigilia y desde el intento de sus palabras, lejos ya del temor y del temblor de la cerrazón onírica. Lectura al abrigo de toda creatura amenazante, iluminada por la reflexión, motivada por la búsqueda de lo significativo, y no exenta de la sospecha de que en sus metáforas se escondan esos mensajeros de la noche. Y, también, escritura de un mito posible y habitable que metaforice, desde el pensamiento y el lenguaje, desde la luz de la similitud y la oscuridad de lo disímil, la vulnerabilidad raigal que somos y la liberación posible de su negación. Como nos fue revelado en tantos sueños que nos habitaron en nuestra primera infancia y que, todavía hoy, nos sorprenden en nuestras vigilias.

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Siempre me pareció que allí, en el límite mismo de la conciencia que divide y separa, habita una extraña conciencia que une. Que en los confines del logos imposible está la metáfora posible y su inescindible cono de sombra, ese su declive que conduce a la disimilitud en la que se asienta toda vida, aquello que todo discurso niega, y que, sin liviandad, algunos hombres amaron llamar "misterio". Aquello que, quizás, encuentra su lenguaje en sueños y pesadillas del dormir y en aquellas otras del estar despiertos.

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     Cada uno es hijo de sus sueños y de sus pesadillas. La subjetividad está, así, plasmada, configurada, conforme a lo que sueños y pesadillas entretejen. No hay una razón objetiva conforme a la que la subjetividad se instaura. No hay tampoco una “razón” objetiva de su unicidad. Todo intento descriptivo de la subjetividad habrá de quedar en la instancia metafórica, mítica, del relato. Sin embargo, el hecho “objetivo” e innegable para la razón habrá de ser siempre el de que un sueño no puede convertirse en nada, una vez que se ha soñado. Tiene consistencia y espesor. Nos habita. Y, a pesar de lo inaferrable que la subjetividad es para sí misma, a él muchas veces nos volvemos, como compelidos por ese oscuro y persistente deseo que, de niños, nos impulsaba a querer saber qué había detrás de los espejos. Descubrir si era verdad que detrás de ellos se ocultaba el rostro inquietante y presentido de ese Otro, de cuya imagen sospechábamos apropiarnos cuando en ella creíamos ver la nuestra. Descubrir la palabra que se oculta y la liberación que se intuye prometida.

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     Ser soñados por los sueños. En esto quizás consiste la subjetividad. Y quizás nada de ésta -es decir, nada de nosotros mismos- sabríamos, si nada supiéramos de esos sueños que nos sueñan.