sábado, 23 de octubre de 2010

El laberinto, metáfora del extravío.

El laberinto es una metáfora del extravío. Una metáfora de la conciencia perdida del existir. Casi una ausencia. Carece de substancia. Y su intento de geometría es vano.
No hay laberintos preexistentes a los que se ingrese por decisión o por azar. Cada conciencia extraviada va trazando el suyo desde su reiterado y angustiante otear la presencia del sentido. Por esto, todo laberinto es laberinto de miradas y de ansias. Y es su consistencia -o su levedad- la imaginaria del deseo y de su compulsivo apetito.
 Las miradas del laberinto son miradas que se miran a sí mismas en infinitos espejos desde los que se abren caminos infinitos e interminables. Que sólo pueden ser mirados, no recorridos. Caminos inconsistentes, sutiles, imaginarios. Obsesiones hipnóticas de miradas que anhelan encontrarse con el sentido que esperan y que, detrás de cada espejo, inconfesadamente imaginan serlo.
Nunca se habrá de matar al Minotauro. Significaría morir a todo deseo y a todo apetito, y morir, así, al sentido imaginado de sí mismo. Si esto aconteciera, el universo de muchos se desvanecería. Ya no  habría en él ni miradas, ni espejos, ni laberintos.
 Son las miradas de Teseo las que van trazando el laberinto. Y es Ariadna quien recoge cada una de ellas para que el regreso sea posible, porque no está libre de temores el alma joven del héroe.
Retornar depende de ese fragilísimo hilo y del imaginario supuesto de que el trazado de las miradas habrá de ser luminosamente geométrico y, así, fácilmente aprehensible por el recuerdo. El hilo se va hilvanando desde esa misma conciencia y desde esa supuesta geometría, y la frágil Ariadna es su incansable memoria.
La cuestión del retorno parece vana. El laberinto es la enmarañada urdimbre que febrilmente tejieron las miradas de Teseo. No el   camino de la luz y del sentido imaginado. No hay en realidad retorno posible. Sólo queda sostener la mirada vacía del Minotauro en las negras cavernas del útero vanamente añorado. No habrá hilo ni memoria. Ni miradas ni espejos. Será Teseo un hombre nuevo, en camino al Universo. Y Ariadna, la conciencia plena, luminosa y pacífica de cada instante. 
Es ésta la conciencia reencontrada de Teseo: que es una e idéntica la añoranza del útero y la esperanza del sentido.  

Ilustración: Teseo, de Antonio Canova, 1783.

Sólo el diálogo nos libera de las muertes mutuamente infligidas


Sólo el diálogo que intenta la verdad nos libera de las opresiones mutuamente infligidas.
Sólo el diálogo nos libera de la ilusión de la autosuficiencia.
Sólo el diálogo nos libera de la necedad en la que muchas veces nos acontece recluirnos.
Sólo el diálogo nos torna humanos.
Sólo siendo humanos accedemos a lo único que de verdad cuenta, más allá de la labilidad del poder y de la riqueza: esa mirada plácida, franca y serena en el encuentro con la mirada del otro.
Sólo el diálogo alberga la simiente del sentido y de la vida.
Sólo el diálogo nos libera de las cárceles mutuamente infligidas.
Sólo el diálogo.
En todas las instancias.
En todas las crisis.
Sólo el diálogo.


La autoría de la fotografía que ilustra estas líneas pertenece al Grupo Escombros.

jueves, 7 de octubre de 2010

El escritor más intenso


Johann Heinrich Füssli (1741-1825) 
El escritor más intenso es el que
sabe leer bien sus propios sueños.
Héctor Libertella

 Leer los propios sueños. Este sería el secreto. Como si ellos fueran un texto y tuvieran un lector atento: el escritor mismo. Lector, éste, muy especial. De aquellos que, además, lo son por oficio. De los que saben leer bien. Esto parece importante y, a la vez, obvio. No se trata simplemente de leer, sino de saber hacerlo. Sólo algunos poseen ambos privilegios. Tampoco lo de leer habría de tomarse a la ligera. Correría serio riesgo la intensidad del escritor. Y, finalmente, de descuido en descuido, de distracción en distracción, también su propia razón de ser.

A su vez, la escritura tendría que resultar necesariamente intensa. Así lo ha sido la lectura previa. Y el texto, al que ella se ha aplicado, resultar literalmente extra-ordinario, único, carente de comparación posible. Se trata de los sueños mismos del escritor.

Sueños oníricos, sueños-ilusiones, ensoñaciones, deseos profundos. Libertella deja abiertas, de par en par, las puertas de la polisemia. Se trata, a secas, de los sueños. Por lo demás, cada uno sabe a qué sueños es afecto, qué tipo de sueños lee, qué sueños padece.

Por último, la escritura -el texto final- no sería más que la pro-fecía, el oráculo desde cuyos labios el texto fundamental del sueño habla. La encarnación apofántica del verbo revelado en la escritura nacida de la lectura atenta. El escritor sería, a la vez, el lugar en el que el sueño revela, el intérprete atento y el mensaje. Delfos, la Sibila y su oráculo. Y, el lector, un Edipo ciego que busca la luz de su destino en los sueños profundos de un escritor intenso.

No soy escritor. Apenas si escribiente de papeles como éstos. Y, entre los tantos escribientes, de aquellos que lo son en ocasiones. Me pregunté, desde esta mi precaria diletancia, qué tipo de texto era el mío. Si realmente tenía algo que ver con aquellas texturas que entretejerían mis sueños. Si mi escritura, sin yo saberlo, intentaba expresarla. Y, en ese caso, si esa inevitable lectura era, a espaldas mías, atenta. Y me seguí preguntando hasta que advertí que, aunque escribiente, me comenzaba a agradar la idea de serlo intenso. Esta adjetivación de Libertella nunca se me había ocurrido y, por esto mismo, jamás la había pretendido. Conocida, se me antojaba importante. Comprometía no sólo mi habilidad de estar atento. Ponía en cuestión la existencia, en mí, de un texto. Respecto de éste, excluí que, si en mí había alguno, fuera de naturaleza onírica. Algunas veces tuve sueños que consideré extraordinarios por una cierta lógica narrativa en ellos y, también, por cierto atribuido simbolismo arquetípico que me llegó a parecer pertinente a algunas inquietudes e incertidumbres que aquejaban mi vigilia. Sin embargo, todos ellos finalmente me habían resultado como fragmentos de una inquietante escritura críptica, preexistente a la vez que no acabada, que concernía a todos y que, al mismo tiempo, se refería a mí. En fin, una urdimbre de signos cuyas mutuas y reales referencias presentía hallarse en su reverso -que sabía inaccesible-; signos que se me aparecían bajo la luz tenue de un claroscuro con zonas de sombras de espesura infranqueable. (A veces llegué a pensar que también los pensamientos que, en mi afán de objetivación, escribía en mis papeles no eran otra cosa que una extraña prolongación de esos mismos signos que incesantemente entretejían esa misma urdimbre, sin nunca poder llegar a saber ni su sentido ni su diseño).

Nunca pude extraer luz de esos sueños. No obstante, imprimían en mí un estado de ansiosa expectación. Me parecía que en ellos había como un intento de manifestarme algo acerca de aquello que yo presentía ser lo que más me importaba. Y seguía adelante. Me preguntaba por esos otros sueños. Por mis deseos más escondidos. Lo iba haciendo paso a paso. Máscara tras máscara. Hasta llegar -así me parecía- a un rostro desnudo, primigenio, en el que creía ver los rasgos de mi aspiración más profunda y protegida. Aquella que, como contrapartida, espejaba mi carencia más acuciante, ese apetito siempre insatisfecho de mis propias raíces en las entrañas mismas del Deseo. Carencia que me parecía intuir emparentada con las apenas aprehensibles resonancias de la metáfora bíblica del desierto. Muy cercana al sentir de Qohelet. Más allá de la evanescencia de todo fruto humano. Teniendo ella todo que ver -no sabría explicarlo- con Lo Innominado, en esa obstinada infinitud asintótica del Deseo (como en el intenso y sacrílego intento de cruzar el abismo de identidad que separa Sefirot y En Sof, el Todo y la Nada divina de la Cábala).

Fue entonces que me sentí invadir por el desánimo. Ese texto sí que me era casi del todo inaprensible. Por más que mi lectura fuera infinitamente intensa e, igualmente infinito, mi oficio de lector. Mi problema era la posición misma del texto que yacía en mí. Estaba ahí, deslizado hacia la otra orilla. Como estando en mí y, al mismo tiempo, fuera de mí. No podía llegar a ella por más que mi atención se intensificara y se extendiera. Comprendí que lo imposible sólo tenía que ver con mi único y precario lenguaje -lectura y escritura- posible: el de la metáfora. Ese texto estaba, casi del todo, echado en su cono de sombra, deslizado hacia la disimilitud.

Empecé de nuevo. Me recordé escribiente. Volví al consejo del escritor. Me esforcé por estar más atento, bien atento. Incluso entrecerré los ojos como hacían los griegos para poder atisbar el misterio (lo perceptible sólo por la mirada de ojos entrecerrados en el climax de la atención). Pero, nuevamente, lo único que logré entrever fue el mismo cono de sombra en cada una de las metáforas que intenté. En todas ellas, de una manera u otra, yacía indescifrable el mismo texto. La misma textura, la misma urdimbre de signos únicos y enigmáticos. Infinitamente familiares. Infinitamente indescifrables. Y, si algo nítido me pareció percibir -no ya leer-, fue que ese texto yacente tenía las vibraciones de Lo Innominado. Profundamente ligadas y acordes con las de mis propias raíces, pero extrañas a las de mis propias palabras.

Jamás podré escribir ese texto. Jamás podré ser un escribiente "intenso". Quizás sólo trazar palabras que logren inducir el presentimiento de ese otro texto imposible de hacer. Y si esto último se tornara posible, es mi sospecha que ese texto milagroso revelaría los sueños, no ya del escritor o del escribiente, sino del hombre -de cada hombre- que subyace en ellos y de quien ellos son apenas una resonancia, lejana y casi imperceptible.

Pensé que el ser humano más intenso sería aquel que supiera leer "bien" la imposibilidad de que sus sueños -aquellos que echan sus raíces en el cono de sombra de las metáforas primordiales- lleguen a ser textuables. También pensé, a la luz de esto, que no es posible el escritor descripto por Libertella, por más atenta que fuera su lectura e intensa su mirada. Que toda escritura de lo significativo se instaura en ser guarda y circunloquio del silencio. Y, finalmente, que escritor y escribiente, ambos, habrían de ser fieles a aquel precepto de Wittgenstein: de que aquello de lo que no se puede hablar, ha de ser callado, añadiendo, quizás, que, no obstante, han de ser metáforas del silencio las solas que justifiquen su escritura.

sábado, 2 de octubre de 2010

En los albores de la mutancia


   La luz atraviesa lentamente el horizonte. Lentamente se despliega la alborada del sentido en la mente rudimentaria y anómala del mamífero mutante. 

   La luz nació encarnada en el utensilio que hizo posible asegurarse el alimento y ser guardián del fuego y de la vida.

   Nació encarnada en ese amor extraño y nuevo por el que el macho y la hembra sintieron que él era infinitamente más que la cópula, y sus cachorros infinitamente más que criaturas expelidas de un útero.

   La luz se hizo plena haciéndose carne en el gruñido del mutante; y se transformó en palabra. Se hizo verbo para nombrar a lo que se ama y a lo que se odia, a lo significativo y a lo deleznable. Y también para nombrar lo indecible que a cada mutante  anonada.

   En los albores de la mutancia fue la luz hecha verbo. Y el verbo fue vida para el hombre naciente.  

   De luz y verbo tejió el mutante sus mitos para expresar lo significativo con que su existir lo sorprendía y lo aterraba.

   Intuyó el silencio en los límites de la palabra. El silencio abismal que envuelve al universo y a la mutancia, y que antecedió a la alborada. Lo imaginó en la infranqueable disimilitud a la que toda metáfora arroja. Y lo llamó “Dios”.

   Dios de los mutantes. Dios innombrable de la invocación sin palabras. Dios infinito del silencio. Dios de la alborada. 

 Ilustración en http://www.taringa.net/posts/musica/5492271/All-nightmare-long_-Metallica.html

viernes, 1 de octubre de 2010

Se hizo noche esa noche en Mataderos

En silencio
por las calles
se pasea
el silencio
de la luna.

Somnoliento
un tranvía
va a tientas
por los rieles
de la noche
vagabunda.

En la esquina
se hizo noche
la palabra
y el amigo.

Solo quedó este frío
acariciando
penumbras.

Fotografía de Ramón López publicada en raislost.blogspot.com

jueves, 30 de septiembre de 2010

Entre número y número, infinitos universos.


   Entre número y número hay infinitos universos. En las hendiduras de la sucesión de lo discreto hay abismos insondables.
  Que esto así sea no es locura. Ni extravagante, pensarlo,
  Nadie ha penetrado la hendidura que -en realidad, no en la abstracción de los matemáticos- separa el cinco del cuatro, a éste del tres, al uno del cero.
 Cada hendidura marca la infinita diferencia entre lo creado y lo creable. El "+1" la simboliza, aunque inadecuadamente. En realidad todo "+1" es "+ infinito". Sólo Dios -o lo que esta palabra vanamente intenta aferrar- puede crear el 5 después del cuatro, éste después de 3, el 1 después del cero. Y, al igual que el 1 después del 0, todo lo nuevo respecto de lo anterior.
   Cuando el hombre cuenta, salta abismos. Difícilmente advierte que es, en las hendiduras que la sucesión sensorial de lo discreto soslaya, donde eternamente la creación trabaja y se le oculta.
   ¿De qué se trata en todo esto? De la simpleza de que no se puede sumar una manzana a otra sin pasar de la nada de ésta a su realidad. Y de que en la conciencia de este pasaje y de esta infinita hendidura estriba la diferencia que abismalmente separa al sabio del que carece de sabiduría.
  Esta parece ser la enseñanza de lo obvio: que no es el contar lo que cuenta, sino la hendidura.


viernes, 20 de agosto de 2010

Las progenitoras de las palabras


Fotografía de Bahman Farzad  - www.flowerimages.com
La Muerte y la Luz están por todas partes. quemando palabras... quizás para crear algo bello. Roger Zelazni.

Alguna vez llegué a pensar que los encuentros entre personas eran asimilables a aquellos que acontecen en el submundo azaroso del átomo. Que lo humano respondía a ese mismo orden complejo de colisiones y fusiones no predecibles. Y que lo mismo ocurría con los libros. Como me aconteció con este texto de Roger Zelazny. Que no busqué. Que inesperadamente encontré cuando mi curiosidad, también imprevisible y azarosa, me llevó a él.
Retuve algunas partes de ese texto. Las ligué construyendo puentes suspensivos sobre las lagunas que yo mismo le abrí. Lo hice desde una interpretación casi espontánea y, sin dudas, nada respetuosa de su contexto. Recuerdo que, según los etimólogos, interpretar, en su significación más antigua, habría expresado la idea de negociar. Que es también la de intercambiar. Y la de generar diferencias en el dar y en el recibir. Creo que es esto lo que hice. Algo o mucho le quité a Zelazny. Algo o mucho le añadí. De alguna manera sentí que, sin yo quererlo, se iba creando mi propio texto. Como ocurre en todo encuentro humano, donde el otro puede ser reconocido y aceptado en su alteridad desde la similitud por uno descubierta o construida. Y, en este caso, la similitud que yo negocié para mi interpretación.
Instalado en esta impunidad interpretativa, me ocurrió pensar que la Muerte y la Luz son progenitoras de las palabras. Que éstas llevan en sí los genes de ambas. Que intentan fusionar esos dos misterios en el mismo y siempre renovado rito de ser dichas. Que, cuando esto acontece, ellas, a la vez que evocan la Muerte, iluminan. Que es por su Luz que la Muerte toma presencia. Que así son ellas. Y que así se comportan. Todas. Las del odio y las del amor. Porque no hay palabras de odio que no iluminen al que las recibe, ni palabras de amor que dejen de evocar la muerte en el amado. 
 También me ocurrió pensar que no hay palabras de un solo rostro. Que incluso aquella suprema que se dijo ser el Verbo -Luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo, según el testimonio de Juan en su Prólogo- también lleva en sí la posibilidad de su rechazo por las Tinieblas. Palabra que, apta para iluminar, también lo es para evocar la negación.
Los pensamientos son como las cerezas, solía decir mi padre. Nunca vienen solos. Siempre entrelazados con otros. Y el pensamiento que lo estaba con los anteriores era éste: que como la Luz era negación de la Muerte, y ésta de aquella, así de contradictorias habrían de ser las palabras. Así de inconsistentes y de encubridoras de lo esencial. Y que, quizás, nunca hubo ni "principio", ni "verbo" alguno en él. Sólo, en el lejano amanecer de la conciencia humana en el Cosmos, habría sido la Metáfora, el primer y eterno balbuceo del Universo en el intento imposible de la palabra que lo contuviera. O, también quizás, el infinito cono de sombra de una metáfora primordial en el que el hombre naciente hubiera creído sentir su hogar, al oír el pálpito fetal y estremecedor de Lo Innominado, de lo absolutamente Real. De lo no tangible ni por la Luz ni por la Muerte. De lo Sin Nombre. Del Alef abismal e impronunciable. En los penumbrosos confines de la metáfora. Allí donde ese infinito cono de sombra se interna en la infinitud de lo Disímil y donde se derrumba la muralla de todo lo imaginario.
 Siguieron, a éstos, otros pensamientos. Como, por  ejemplo, que no sería absurdo imaginar que el habitat posible del hombre en el Cosmos estuviera precisamente allí, en ese cono de sombra. Que habitar la palabra -afincándose en ella y no traspasando sus umbrales- pudiera constituir la Gran Equivocación. Y que incluso la palabra "hombre" sólo podía expresar la incongruente simbiosis de la exultación radiante de la Luz y de la abismal ceguera de la Muerte, de Eros y de Thanatos, y de todos aquellos otros dualismos que el pensamiento humano viene formulando en su inmaduro y empeñoso intento de levantar su tienda fuera de aquel cono de sombra.
 Por último, no pude dejar de pensar que, en ese mismo texto, Zelazny dice que las palabras son quemadas en el samsara. Que se consumen, crepitando, en la precariedad de ese fluir siempre evanescente que llamamos vida o ilusión. ¿Para qué? Quizá -responde- para crear algo bello. Pensé que esto también pertenecía a la ilusión. Que las palabras no se inmolan. Que no tienen tal conciencia. Que ellas ocultan, incluso a su pesar, lo que está más allá de la ilusión de la Luz y de la Muerte, del Amor y del Rechazo, del Sí y del No. Y que lo bello echa sus raíces en aquel mismo cono de sombra. Allí donde las palabras sólo pueden ser mistagogas del Silencio. Donde, si no son esto, sólo les queda ser grandilocuencia de la nada o hueca retórica de  lo banal.
Así me pareció todo esto en el breve instante en que mi mirada recorrió ese párrafo de Zelazny. Y lo volqué en palabras. En las mías, que también son, como las de él y las tuyas, hijas de la Luz y de la Muerte.

viernes, 13 de agosto de 2010

Cuando la estrategia es la pobreza. Un pensamiento de Nicolás Maquiavelo

 



Concluyo que los ofendidos no pueden vengarse, 
al ser pobres y estar separados…  
 Nicolás Maquiavelo
 El Príncipe,  III, 5,18.

Frente a la venganza posible de los desposeídos hay una estrategia exitosa para el que desposee: hacer que ellos -los que han sido despojados de sus bienes- permanezcan pobres y divididos. Empobrecer, dividir o, por lo menos, dispersar, es la fórmula que se manifiesta efectiva para mantener el status quo -que el dominador impone- libre de amenazas de venganza y de restitución del orden y de los bienes. A su vez, si se tiene en cuenta que los perjudicados son una mínima parte de cuantos componen un Estado (ibid.), no habrá de resultar dificultosa su aplicación.

Esto ha de hacerse con esos pocos. Los efectos repercutirán en los más, los que no fueron afectados ni en sus personas ni en sus bienes y que, en consecuencia, no teniendo razones para la intranquilidad, no habrán de sentirse inclinados a la revuelta viendo lo acaecido con aquellos pocos.

Esta estrategia pertenece a la grande industria, a la habilidad del colonizador, pero el éxito depende también de la fortuna. Es necesaria la primera, pero no es suficiente. El logro depende de la suficiencia de lo incontrolable, de la suerte. Esto implica que, finalmente, ni la generación planificada de la pobreza ni las estrategias de confrontación entre los desposeídos son suficientes para mantener el status quo y para constituir una ejemplaridad disuasiva. Podrá hacerse todo esto y resultar inútil a los fines del príncipe colonizador. También queda implícito que los desposeídos pueden mantener viva su esperanza y huir de la resignación. No necesariamente la fortuna ha de serles siempre adversa. Y si fueron colonizados por fortuna e grande industria, también podrán liberarse si, en la espera de la fortuna, desarrollan su propia estrategia de liberación.

ooo

La pobreza es una bienaventuranza tan sólo en el Reino de los Cielos. Para el príncipe descripto por Maquiavelo es un recurso estratégico -imprescindible- de dominación. Sin embargo, no suficiente. La suficiencia no está en sus manos, sino en las de la fortuna. De ella depende la dádiva que, paradójicamente, hace de todo príncipe un mendigo.

ooo

Desposeer a pocos. Tan sólo lo necesario. La desposesión es un procedimiento que habrá de realizarse a la perfección, en su justa medida. ¿Un mal necesario o una herramienta de precisión? ¿Un escrúpulo técnico o un dejo de escrúpulo moral? Estas dudas pueden permanecer abiertas a la discusión en una obra del siglo XVI. Hoy los despojos son burdamente masivos y las estrategias de empobrecimiento y dispersión obscenas en su incontinencia. Todo ello inimaginable para el canciller florentino. Y no desde la moralidad (o quizás también) sino desde la virtù y la industria.

ooo

Empobrecimiento y dispersión. Una clave para que hoy los pueblos conozcan a sus príncipes y diluciden el nuevo orden.

domingo, 8 de agosto de 2010

Fue allí en Samaría

 

Ni huella de mis pisadas.
Ni eco de mis palabras.

Muy largo fue el camino.
Junto a la fuente
me pregunté
qué sed era mi sed
si ya no había labios
que sorbieran,
ni manos que al cántaro
sujetaran.

Fue allí en Samaría
que levanté mi tienda
en soledad de sed
y de palabra.

Sólo me envuelve
el silencio abismal de Elí
habitando su tienda.

Voy a Jerusalén
sin dejar huellas
mis pisadas,
sin dejar ecos mis palabras.

sábado, 7 de agosto de 2010

Andar desnudos el desierto



Foto: rosanaconda.spaces.live.com/
El Paraíso está cerca; en uno.
Pero el camino es el otro.
Y es lento y no muy seguro.
Eduardo Mitre
 Volví hoy, una vez más, al mandato bíblico de andar desnudos el desierto. A veces me siento como atrapado por sus resonancias. Como en una burbuja infinita a cuyo centro confluyen voces apenas inteligibles y mensajes entrecortados de una verdad que intuyo cercana y experimento inasible. Siento que ese mandato no se agota en la literalidad que aparenta contenerlo.
 Me pareció que ese desierto y ese desnudo andar de nómade estaban y ocurrían aquí, dentro mío. Que nada tenía que ver con ellos todo mi acudir cotidiano y solícito al deseo -casi siempre simbiótico- del otro -casi siempre indiferenciado-, en pos de esas "mercancías" que habrían de satisfacer mi corporalidad y también mi inmadurez. Que, en cambio, el mandato poco o nada decía acerca de las adyacencias y del reiterado transitar sus territorios. Que, sí, todo él se refería a algo que me era interior. Que esas adyacencias, las del acudimiento, eran, las más de las veces, sedentarismos similares a asentamientos de muertos, extramuros de la identidad y, por tanto, de la vida. Adyacencias por mí conocidas, por mí transitadas, y de las que el mandato nada explícito decía.
 Comencé a imaginar ese espacio interior como proceso, no ya como lugar. Sin otras referencias que las que surgían del mandato mismo: el imperativo -quizás la pulsión- de una creatividad siempre abierta y riesgosa y que habría de ser vivida en aceptación gozosa e irrenunciable, a pesar de la intemperie que sobre ella las adyacencias pudieran proyectar. Y, también, con las marcas propias de una gestación cuyo fruto final llevaría en sí la herencia genética de lo propio, la identidad de lo diferente y no categorizable. Esto comenzó a acontecerme al traspasar el umbral que me adentró en esa "psicología del atardecer" que Jung dijo caracterizar la etapa última de la vida.
 Pensé que allí, en ese lugar-proceso, la desnudez era el estado natural y que, naciendo "vestido", el despojamiento habría de retornarme a él. Desierto y desnudez que yo habría de generarme, que no habría de ser ausencia enajenante de mí, sino ausencia de los otros. No de todos los otros, sino de aquellos otros que, en cuanto hambrientos de una identidad renunciada, devoraban y devoran la otredad que era y soy para ellos. De aquellos otros que, afectados por la sujeción a la pulsión destructiva de lo propio, de la diferencia y de la desnudez, hicieron de su sordera muros impenetrables al mandato. Apenas sobrevivientes, a media vida en su adhesión simbiótica, en su succión de vida ajena, de esa vida "otra" que jamás podrá alimentar ni su regreso a sí, ni la escucha del mandato, como tampoco el don de su diferencia para aquellos de cuyas almas intentaron el despojo.
 Pensé que el otro que en verdad es otro es sólo aquel que, también en verdad, asume su desnuda mismidad, su desnuda diferencia. No quien, en su alienación, tiene como objeto irrenunciable y perentorio de su deseo el abrazo simbiótico y, en él, como pulsión última, la renuncia al nacimiento. Mi otro, el otro de mi tensión y de mi horizonte, si alguien ha de ser, ha de ser aquel que en mí busca la diferencia significativa, aquella que es justificación última de todo nacer a lo real. Ese mismo en quien yo busco la diferencia que me permita hacer de carne y espíritu mi condicionada identidad. Surgir, así, de identidades, en el don recíproco de las diferencias. Nacer de mutuas trascendencias, no apropiables, sino sólo mediables por la metaforicidad del gesto, de la palabra y, también, de la mirada y del silencio. Metaforicidad en la que éstos son, de verdad, lo que son: gestos, palabras, miradas y silencios. No de la indiferencia, sino del don salvífico de las mutuas diferencias. En el infinitamente respetable misterio de mi mismidad para el otro. En el igualmente trascendente asombro, en mí, por la otredad de ese alguien que me acontece en la gracia del encuentro.
 Pensé que esas trascendencias mediadas se llaman sociedad, ética, amistad, amor, religiosidad. Todas ellas posibles sólo en la reciprocidad de las diferencias. Y pensé, también, que la donación de la mutua desnudez, de la infinita diferencia, sólo podía ser tal si su verdad emanara del asombro por el don de la desnudez propia y de su abismal y paradójica exigencia de otredad. Así me pareció que era la trama que suponía el mandato. La textura que suponía ese texto. Que obedecer el mandato era la condición absoluta para que el hombre rompiera la cerrazón de su inmanencia y se liberara de las errancias vanas e ilusorias que en ella habitan. Y que, teniendo mucho que ver esto con la posibilidad de una comunidad humana sólo realizable desde el amor y la solidaridad de las soledades, ese mandato se me tornaba insoslayable. En verdad, me parecía oír en él la voz lejana y familiar de mi raigambre perdida o, quizás, infinitamente olvidada.

jueves, 5 de agosto de 2010

UN PEREGRINO

¿Quién puede comprender
esa sed de llanuras
en las grietas del ser?
Vestido de silencio,
erguido caminaba sobre el mar.

Quizás en pos del rostro
perdido de su niñez,
o del duende escondido
en el eco soñado
de un caracol.

Venía de antes
y de muy lejos.
De una tumba, quizás.

Un peregrino
es un misterio de hombre,
polvo y eternidad.

sábado, 31 de julio de 2010

No la fe, sino la creencia.


No fue la fe de Julio II lo que impulsó a Miguel Ángel a crear el Moisés. Lo fue su creencia. La fe le hubiera impedido el fausto de su sepultura. No así la creencia en su gloria póstuma.
Por la fe es posible caminar sobre las aguas y mover montañas. Pero los hombres prefieren obras acordes no ya a su fe, sino a sus creencias. Mientras, la historia atesora enigmas. Como el de la belleza del Moisés y el de esa creencia en el corazón de un papa.

miércoles, 30 de junio de 2010

Entre la lucidez y el poder...


    Se deja detrás de sí sólo aquello por lo que se ha vivido. No hay, en realidad, causas por las que se muere.

   No quita ello que sea la muerte aquello por lo que muchos viven.

   Así, hay quienes dejan vida, y otros, muertes. Y, cada uno, la medida o la ausencia de su humanidad.

   De los dones de la vida, quizás el legado más humano -más fraterno- sea el de haber incrementado la lucidez.

   De todos los dones, ese algo de luz que, día a día y noche tras noche, alguien va encendiendo para sí desde la oscuridad de su indigencia, después de haber superado la encrucijada de optar entre la lucidez y el poder (incompatibles, por negar éste la fraternidad que aquella revela).

   Esa misma lucidez de la que quiso hacer partícipes a sus hermanos el último de los profetas de Israel, y que se tradujo en el mandato de no tener a nadie ni por maestro ni por señor, porque sólo Uno lo era... Mandato éste que es concreción eminente de aquel otro que consigna el Deuteronomio: el de elegir la vida.

   La herencia a dejar será la opacidad de la insignificancia (no ausencia sino oscurecimiento de lo significativo) o esa partícula de luz para esa partícula de universo que es el hombre. Ni poco ni mucho. Y, sí, la inconmensurable diferencia entre ser uno y ser nada.

   Hay momentos en que ciertos espejismos tornan falsamente luminosa la opacidad de las cosas, o se insinúa en ellos confortable y digno el ilusorio poder de sentirse uno maestro y señor. A veces acontece ese como exilio del alma en la oscuridad del sentido; hay insania, ausencia de sí, en el ausentarse uno del hermano. Esto ocurre cuando, en esa opción entre lucidez y poder, eligiéndose el poder se elige la esclavitud.

viernes, 18 de junio de 2010

De allí y entonces y de aquí y ahora.

Giovanni Bragolin
   
Cuidaba de su pequeño con ternura infinita e infinito desapego. Pero deseaba que pronto muriera, porque, de lo contrario, sería un niño muerto.

   Jugaba con mi hija, que apenas era más grande que el suyo, como si, a pesar de sus años, fuera ella todavía una niña. Deseaba ser pequeña igual que tú -le dijo un día- para poder, como tú, colorear tus dibujos.

   Jugaba con mi hija, porque mi hija estaba viva.

   Amaba a su hijo. Tanto lo amaba que no quería que, estando vivo, fuera un niño muerto. Por esto, un día nos dijo que mejor sería que pronto muriera.

   Estas cosas ocurren cuando, en la tierra de todos, la pobreza de los muchos se torna tan indecible como la indiferencia de los pocos.

ooo

   Me he preguntado quiénes son aquellos pocos -si todos los pocos o si algunos de ellos- que siempre habrán de tener consigo a los pobres y que podrán excusarse de olvidarlos por un instante al perfumar los pies del Nazareno. Me he preguntado, también, cuánto habría de durar ese instante. Si en él se podría contener el hedor de los infinitos niños muertos. Y si los que pusieron en labios del Nazareno esas palabras, previeron que, mientras perfumaban sus pies -aún en la anticipada prefiguración de su entierro- infinitos niños pobres agonizaban -morían de no tener vida- en el agonizante corazón de sus madres.
   
   Fue otro el sentido del mandato. Debes abrir generosamente tu mano a tu hermano afligido y pobre en su tierra. Así está escrito en el Libro del Deuteronomio. Para vergüenza mía y de muchos. De allí y entonces y de aquí y ahora.

martes, 15 de junio de 2010

...mi jardín de senderos que se bifurcan...


Dejo a los varios porvenires (no a todos)
 mi jardín de senderos que se bifurcan.
Jorge Luis Borges

... pasar de una tradición del filosofar
puramente racional y abstracto
a una filosofía concreta nacida a
  partir de la interpelación existencial
con que se ve enfrentado el hombre
 en el “aquí” y  “ahora” 
de cada nueva situación histórica.
Ernesto Grassi

Muchos son los mundos reales, e infinitos los posibles. Son, ambos, los mundos de cada quien. Los reales, que son procesos y estructuraciones de hechos a ellos consecuentes, generados a partir de las opciones concretas del aquí y del ahora. Y los posibles, aquellos cuya existencia hicieron imposibles las opciones desechadas.

Vivimos -lo aceptemos o no- en el mundo real, en el de cada quien. Tangible, concreto, indecible. De penas y alegrías, de pacificaciones y sobresaltos, de iluminaciones y oscuridades, de frutos y desgarramientos. En radical e incomunicable soledad, cercados por un horizonte de finitud que llamamos muerte y que en vano intentamos imaginar inalcanzable.

A su vez, en los socavones de nuestra fantasía se abre infinito el mundo de lo posible. Aquel que se fue construyendo, en cadenas interminables de consecuencias y azares, a partir de cada opción desechada en cada una de las bifurcaciones en que la vida se nos fue abriendo. Aquel que Borges, en su Sendero de los caminos que se bifurcan, imaginó infinito, que no alcanzó a construir Ts’ui Pên y en el que, de haberlo logrado, los hombres se hubieran perdido.

El mundo de lo posible de cada quien se va haciendo en los márgenes. Cuando, en vez de optar por el sendero que se abre a nuestra derecha, optamos por el que se tuerce hacia a nuestra izquierda. O cuando, desechando a éste, nos entregamos a aquél.  Como si fuéramos un huso que entreteje una trama imprevisible en la que el reverso inesperado es lo posible, y lo real, igualmente inesperado, el camino que vamos siendo.

Ese reverso contiene, cifrados, infinitos futuros, infinitas identidades, infinitas relaciones. Todos ellos posibles. A ellos condujeron  los senderos no emprendidos, los caminos desechados desde la lucidez, los rumbos abandonados desde el cansancio o la indolencia, y aquellos otros, los interrumpidos por la intolerancia, la codicia o la envidia.

Nadie conoce el código que devele la cifra de lo que pudo haber sido. Todos intentamos imaginar esos ríos de eventos desde los cauces que no abrimos. Y, las más de las veces, como si con ello lográramos vernos en esos futuros desechados que, por un destino inexplicablemente esquivo, habrían de ser mejores que este presente que ahora se nos revela, de bifurcación en bifurcación, torpemente plasmado.

Cuando esta fabulación nos acontece, difícilmente advertimos que en esa trama laberíntica -necesariamente imaginada- de una existencia cuya temporalidad se articula en infinitas posibilidades de rupturas, convergencias, simultaneidades, ese yo posible del deseo -no circunscripto a ninguna determinación o circunscripto a todas- jamás podrá tener la individuación y la identidad del yo real e histórico.

ooo  

Esta consistencia de ser adquiere día a día su realidad -su concreción histórica, su espacio y su tiempo, su habitat y sus raíces- en la aceptación de la precariedad y del riesgo que toda bifurcación comporta en la respuesta que demanda. El camino para el hombre es éste: el de la interpelación continua -personal e ineludible- que sobre él ejerce su ser en el mundo. Y el de la respuesta que, en su concreción, ha de ser una -no dual- en la opción necesariamente irrevocable que de un sendero hace un camino real del ser en el mundo, y, del otro, una posibilidad en el laberinto infinito de todas. 

Respuesta que, mientras el hombre vive, nunca es definitiva porque no hay bifurcación que lo sea. Lo definitivo es el camino que, de opción en opción, de renuncia en renuncia, de riesgo en riesgo, se va trazando y que es, finalmente, uno mismo como expresión viviente de una posibilidad realizada o fallida de la Creación.

La interpelación siempre supone un “tú”. No somos interpelados para el hacer como finalidad sustantiva y última, sino para amar desde la entrega de la totalidad de sí. Hacer para el hombre es amar. Hacer es crearse a sí mismo -en cada interpelación de la existencia personal del “aquí” y “ahora”- para la entrega -valiosa para el “tú”- de sí. Ser es hacerse habitable, dador de los mejores frutos en uno madurados, acogedor y hospitalario. Una tienda y un hogar en la intemperie. 

Si la respuesta es otra, si otros son los senderos, el laberinto de las posibilidades que cada uno no ha sido habrá dejado paso a una historia -a un espacio y a un tiempo- del caos inhabitable, de la desolación, de la miseria, del hambre y de la necedad.  Como inhabitable, desolado, mísero, hambriento y necio es ese laberinto de círculos incomunicados que Dante, llamándolo Infierno, describió en La Divina Comedia como reflejo de la historia de su tiempo. Como inhabitable, desolado, misero, hambriento y necio es este laberinto de círculos incomunicados que, día a día, los poderes protagónicos de nuestra civilización -desde el exterminio físico, económico e ideológico- levantan sobre el planeta.

Lo imposible para el hombre se halla en sus posibilidades de negarse a la interpelación que su ser en el mundo le formula en términos de vida. La posibilidad real de lo imposible está en la respuesta que, frente al mandato de elegir la vida, opta por la muerte. La vida es posible, pero a ella se le opone -y muchas veces neciamente se le impone- la realidad de la devastación.

No ha de ser la inmadurez fantasiosa del laberinto infinito de lo posible lo que ha de enajenarnos de la respuesta positiva, día a día, a la interpelación concreta por la vida. En ese laberinto de lo posible el hombre se pierde tornando imposible su vida. Ella ha quedado lejos. No necesariamente por una simple e inmadura omisión de lo bueno. Sino por la omisión de la respuesta válida a la interpelación. La de elegir ser, que es tornarse un yo pleno y habitable. Una tienda y un hogar en la intemperie. Una posibilidad realizada, no fallida, de la Creación.

Esta parece ser la lúcida verdad de lo que es necesario y suficiente.