martes, 10 de mayo de 2011

El silencio de Eva y de Adán



Chagall. Caín y Abel.

Silencia el Génesis el dolor de Eva y el dolor de Adán por el fratricidio de su hijo Caín y por la muerte de su hijo Abel. Como si con ambos silencios se hubiera amortajado el primer e indecible dolor de los padres por el primer e indecible fratricidio… Todos ellos –padres, hijos, hermanos- creados, paradójicamente, por Elohim a su propia imagen y semejanza.

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Fue la predilección de Elohim por las ofrendas de Abel y no por las de Caín lo que indujo a éste a consumar el fratricidio. No fue motivo de ello ni el odio ni la envidia respecto de su hermano Abel, sino su decepción respecto de Elohim, su dios. Y fue, así, su venganza privar a Elohim de las preferidas ofrendas de Abel.

♣♣♣

Silencio de Eva y silencio de Adán frente al cadáver del amado hijo Abel, muerto por el amado hijo Caín. Fueron ambos silencios –cuyas densas y alargadas sombras hasta hoy nos llegan- el primer testimonio del dolor que, desde las entrañas humanas, se habría de enquistar en las entrañas mismas de la creación. Silencios que el relato bíblico celosamente esconde en sus pliegues, quizás por ser indecibles esos dolores y por ser los silencios la única piadosa mortaja que pudiera cubrirlos.

♣♣♣

Fue así como, según el Génesis, el primer fratricidio –reiterado luego a través de los siglos- fue consecuencia del rechazo de la ofrenda que el joven Caín le hiciera a Elohim. Y fue la muerte de Abel la pretendida venganza que Caín imaginó posible sobre su dios.

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Nada dicen los libros sagrados acerca de si la muerte de Abel y la consiguiente privación de sus ofrendas tocó el corazón de Elohim. Tampoco,  si se conmovió por el dolor de Adán, de Eva, y de la multimilenaria herencia del dolor que Caín dejaba a sus descendientes.

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Consecuencia –todo ello- arquetípica, y jamás imaginada, de la expulsión del Edén por la desobediencia incurrida al haber comido nuestros progenitores el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, uno de los dos árboles prohibidos plantados en el medio del Edén –no sabemos con qué fines- por Elohim.

domingo, 1 de mayo de 2011

Elogio del aforismo


Aforismo. Desde su densa etimología nombra a aquello que ha sido de-finido, apartado, delimitado, y cuyos contornos remiten calladamente a un todo experiencial de pertenencia. Recorte significativo respecto de éste al que sobria, breve y elípticamente no deja de remitir. Supone un lector capaz de entrever la visión del todo al que el mismo induce. Y, por parte de su autor, la determinación comunicativa de la intensidad significante de su implicada y tácita referencialidad.
El aforismo acontece en el autor como una suerte de irrupción de un cierto saber que aporta materiales significativos de procesos no siempre explícitos y reflexivos que se fueron consolidando en el magma de su interioridad. Son esos materiales recortes de una visión a la que su propia conciencia se fue abriendo en la certeza de su preñada significatividad vivencial.
Y puede acontecer en el lector una suerte de inducción re-lectora de experiencias similares, suerte de atisbos experimentados respecto de insigths no explicitados.
El aforismo intenta, así, desde la mayor austeridad, el encuentro entre lector y autor respecto de lo para ambos significativo y del contexto experiencial del atisbo, por su luminosidad, de lo no decible. 

sábado, 19 de marzo de 2011

A los pobres siempre los tendreis con vosotros. (Juan 12 ,8)


          "Madre y su niño enfermo", Picasso.

Cuidaba de su pequeño, con ternura infinita e infinito desapego. Pero deseaba que pronto muriera, porque de lo contrario sería un niño muerto.
Jugaba con mi hija, que apenas era más grande que el suyo, como si, a pesar de sus años, fuera ella todavía una niña. Deseaba ser pequeña igual que tú -le dijo un día- para poder, como tú, colorear tus dibujos. 
Jugaba con mi hija, porque mi hija estaba viva.
Amaba a su hijo. Tanto lo amaba que no quería que, estando vivo, fuera un niño muerto. Por esto, un día nos dijo que mejor sería que pronto muriera.
Estas cosas ocurren cuando, en la tierra de todos, la pobreza de los muchos se torna tan indecible como la indiferencia de los menos.

ooo

Me he preguntado quiénes son aquellos pocos -si todos los pocos o si algunos de ellos- que siempre habrán de tener consigo a los pobres y que podrán excusarse de olvidarlos por un instante al perfumar los pies del Nazareno. Me he preguntado, también, cuánto habría de durar ese instante. Si en él se podría contener el hedor de los infinitos niños muertos. Y si los que pusieron en labios del Nazareno esas palabras, previeron que, mientras perfumaban sus pies -aún en la anticipada prefiguración de su entierro- infinitos niños pobres agonizaban -morían de no tener vida- en el agonizante corazón de sus madres.
Fue otro el sentido del mandato. “Porque nunca dejará de haber alguien pobre en medio de la tierra, éste es mi mandato: Debes abrir generosamente tu mano a tu hermano afligido y pobre en su tierra”. Así está escrito en el Libro del Deuteronomio. Para vergüenza mía y de muchos. De allí y entonces y de aquí y ahora.



sábado, 12 de marzo de 2011

No tengo nombre para esto.... Nombre es polvo y humo... (Goethe)



Fotografía de fanaticodesign.blogspot.com

Estas cosas me dije, y escribí. Para ese otro -tejedor de mitos- que, desde lo imaginario, me habita y se arroga, día tras día, el derecho, la responsabilidad, el diseño y el destino de mi identidad en la vida. A él le recuerdo aquello de Goethe, que todo nombre es polvo y humo. Y a ti, que me lees, confío estos pensamientos sobre lo que no suele ser dicho.

Ya antes de que nacieras se pensó en tu nombre. Para que pudieras ser llamado por él cada vez que se te requiriera. Y al que, también, habrías de llevar como a un atuendo o una máscara, con el mandato de mantener su identidad y edificar su prestigio según los valores de la sociedad que secretó el óvulo y el esperma. Apenas abriste tus ojos a la luz, tu sombra, no proyectada por ti, comenzó a ser tu nombre. Una palabra, que no eras tú, para que no se confudiera la seguridad de quien te llamara. Una palabra -ajena a ti porque de ti nada nombraba- que, paradójicamente, sirviera a los demás para no confundirte. Y que, con tu mente y tus  brazos, habrías de llevar siendo tú su soporte permanente hasta que la muerte, física o social, te acaeciera y ya a nadie le interesara llamarte.

Antes de que fueras, te antecedió ese nombre. No se te esperó. Y este hecho te negó la posibilidad de elegir el que más te agradara por sentirlo próximo a la incipiente imagen de ti que en ti nacía. Por entonces no resultaba práctico saber quién habrías de ser. Lo era que quien te llamara, por la orden o el deseo, no se confundiera. Tu obligación consistiría, de ahí en más, en preservar, llevándolo, tu nombre y pagar, así, el tributo de tu pertenencia, no a  tu ti mismo, sino a la sociedad que te engendró.

Primero, fue tu nombre. Luego, tú. Conforme al imperio de la primacía de los nombres y la posteridad de las cosas. De este modo fue tu primera infancia aprendiz solícita de tu nombre. Y también de otros. Para que, desde la prioridad de ser sujeto llamable, lentamente adquirieras la socialidad. Dependería luego de ti, en una imprecisable medida, el grado de protagonismo o de sujeción con que habrías de participar en las entrecruzadas urdimbres de los llamados y de las prontitudes.

-Así se llama esto. Así, aquello. Esto fue de lo primero en tu aprendizaje. Más tarde, qué es esto, qué aquello. Y quizás nunca, o muy pocas veces, se te permitió que fueras tú el nombrador. Quizás porque nombrar es el poder de llamar y no era bueno para tu tribu -para toda tribu- que alguien desde su nacimiento lo ejerciera.

Muchas cosas más te quedan por pensar. Como, entre otras, que, dentro de ti, habita tu ti mismo. Esa tu mismidad que yace por debajo de toda forma, consciente o inconsciente, que asuma la sujetividad de tu yo. Esa mismidad que es mucho más que todo lo que de ella se afirme o niegue, incluso de lo que tú afirmes o niegues. Un ti mismo infinitamente distante e infinitamente cercano a ti. Trascendente a tu conciencia por el grado infinito de su inmanencia. Al que si intentaras ponerle un nombre, experimentarías lo inútil de hacerlo. Tú mismo serías testigo de tu propia innombrabilidad. Si embargo, si en ti persistiera el deseo que en ti suscita la sociedad por los nombres, sería natural que desearas para tu ti mismo un nombre propio y único. Será tu lucidez quien te diga que jamás podrás encontrarlo, porque ese nombre, sencillamente, no existe. Porque no es dominio del nombre la mismidad. Advertirás que se trata sólo de tu deseo. Un deseo de lo imposible. Y un síntoma, a la vez, de que aún sigues ligado a lo ilusorio. O, si quieres, a la falsa sacralidad que tu sociedad atribuye a los nombres en su estrategia del poder y de sus jerarquías. Sólo en momentos de oscuridad, surgirá tu empeño de lo imposible y ese nombre te será indefectiblemente negado. Rebelarte sólo podrá ser síntoma de locura (y también de un atroz y oculto prejuicio: el de que todo deseo ha de ser cumplido). Tu vida podrá aquietarse, si es que padecieras esta angustiante oscuridad, por el don de la aceptación lúcida de que ser es ser inominable y que el nombre es una violencia fútil e ilusoria a la mismidad.

También sobre esto cabe pensar más. Como que difícilmente dejarás de sentir la expectación del llamado. Estarás a la espera, porque así fue el condicionamiento. Y no podrás dejar de pagar el precio del rescate. Fuiste adquirido desde tu nombre, no desde tu mismidad. Y seguirás pagando con tu espera de ser llamado, hasta que descubras que careces de nombre y que esta carencia es mera carencia de lo raigalmente inexistente. Que, en verdad, nunca tu mismidad ha quedado cautiva. Advertirás, así, que, en tu ti mismo innombrable, la ausencia de todo nombre posible es también la ausencia de todo llamado esperable. Porque tan imposible como tu nombre es el llamado. Y tan inexistente como éste, aquél.

Tendrás un camino abierto. Nuevo. No bajo el imperio del falso deseo de querer ser llamado o de ese otro, sutil en su codicia, de nombrar y llamar a otras mismidades. Lo nuevo será tu disponibilidad a que la vida -misterio innombrable- sea en ti apertura activa, generadora del ser sobre la vacuidad de la nada. Disponibilidad creadora. Creatividad. Que es el nombre, si uno infinitamente lejano le cupiera, de la mismidad. Tan viva sería tu vida, como lo es la creación permanente del universo -del que tu ti mismo es consustancia- que no recibe llamado alguno porque todo él es innombrable. Y, si un dios lo llamara, sería porque él -o Él- también innominable, misteriosamente anida en, y, de alguna manera, es su centro y esfera.

No esperes, entonces, llamado alguno. No lo hay. Nadie podría hacerlo. Careces de nombre. Esta es tu verdad. Lo contrario es tan sólo modo de decir.

Nadie llama al Universo. Tampoco tiene nombre por el cual ser llamado. Esa también es su verdad. Sin embargo, ni la carencia de nombre, ni la ausencia de llamado, impide que genere galaxias y  genere vida. Y vida que genere pensamiento, amor y belleza, y también odio y muerte; fuerzas todas ellas transformadoras que también emergen de los torrentes abismalmente oscuros de tu espíritu y que de él se alimentan.   

Eres consustancia del Universo. No lo olvides. De ti, de tu innombrable mismidad, es generar pensamiento, amor y belleza. De ti, de tu innombrable mismidad, es contener el odio y la muerte. No has de esperar llamado alguno para ello. Libérate de esa ilusión. Nadie puede pronunciar el nombre que no tienes, que jamás has de tener, que no necesitas. Nadie podrá decirte qué has de pensar, a quién o qué has de amar, qué belleza plasmar o contemplar, qué poema crear, qué ternura dar. Como el Universo, también tú careces de nombre con que ser llamado. Y, como él, también de una voz que te señale cuál ha de ser la creación que, en ti y desde ti, sin cesar, a cada instante se recrea.

Que ésta tu finita infinitud te sea suficiente. Innominable e innominado eres, incluso para ti. Tu miseria y tu grandeza es la de ser imagen inimaginable de Lo Innominado. Infinitamente lejos de la Nada. Y tan infinitamente cercano al Ser y tan ser tu sustancia que, como la de El, tampoco ella cabe en un nombre. Nadie puede nombrarte, nadie llamarte. Es esta carencia del nombre y del llamado el signo de tu ser, el que indica tu pertenencia a la creatividad creada e inherente al Universo. Todo tú eres un gesto innombrable creado por Lo Innominado.

No debes olvidarlo. Nadie habrá de llamarte. No hay otra voz más que esa que eres tú mismo, siempre articulándose, jamás articulada. Sólo un balbuceo -ni nombrador ni nombrable- en el que Lo Innominado va creando la creación que jamás podrá nombrarlo y jamás ser nombrada. A nada ni a nadie más oigas. Lo nombrable no es. Y el nombre es tan sólo ilusión, errancia, nada ...polvo y humo.

Que intuir esto te sea suficiente. Poco a poco irás dando por muertos a todos tus dioses. Sentirás, como Lázaro, cada uno de tus miembros desatarse. Será tu caminar como el apacible caminar del Nazareno sobre las aguas. Y sabrás por ti mismo el sentido abismal del Mensaje: que sólo la verdad nos torna libres.

Decirle, a ese tejedor de mitos que en mí habita, estas cosas  también me recordó que el amor -así muchas veces se nos dijo- es respuesta a un llamado, o llamado a una respuesta, o encuentro  crucial de ambos. Sin embargo, me pareció que amor casi siempre es el nombre de una fusión de nombres y llamados, no de mismidades que son innombrables. También en el amor juegan los espejismos, los autorreflejos de nombres, de apariencias, de proyecciones del sí mismo desde la máscara del nombre. El amor, si es y si es más que el deseo del llamado, quizás sea esa disponibilidad activa de integrar el universo desde la conciencia de otras existencias -otras mismidades- innombrables y, por esto mismo, percibidas como vivientes. Encuentro de dos o más mismidades innombrables, liberadas del poder y de la sujeción del llamado, maduradas en la conciencia de Lo Innominado.

Estas son cosas que parecen ser. Que me dije y escribí. Y que ahora casi terminas de leer.

Mi intento de pensarlas obedeció a la persistente presencia del antiguo deseo y de la vieja pasión del nombre y del llamado. Y, el de escribirlas, a esa locura -más moderna- de poder romper los muros de lo indecible mediante la escritura. Quizás lo sabio y lo amante hubiera sido poner, desde lo imaginario, mis manos en las tuyas. Para que ambas mismidades sintieran su infinita cercanía y su infinita lejanía en la experiencia compartida de la impropiedad del nombre y la ausencia del llamado. 
                  
Te he hecho partícipe de este escrito, sabiendo que nada, en verdad, puede articular las voces de un llamado. Si, no obstante ello, esta escritura en ti las evocara, déjala, olvídala.

domingo, 9 de enero de 2011

EN EL PRINCIPIO FUE LA BELLEZA


En el principio fue la belleza, el esplendor de la vida en el esplendor de sus formas.
Luego fue la experiencia del sufrimiento. Desde el primer e inexplicable gemido hasta la pérdida abismalmente inexplicable del hijo.
Más tarde apenas, fue, de ello, la perplejidad.
Así nació esa trinidad primordial que fue la de la belleza, el dolor y el desconcierto.
Por último, brotó del humano el amor. Fue éste la unidad de esa trinidad. Amor que fue y es belleza, dolor y desconcierto. Unidad y trinidad que acontecen en el fugaz transcurrir de la vida de los hombres según modos únicos y distintos, desde esa abismal e inconmensurable distancia que aísla y emparenta a cada uno de los humanos.
Acerca de esto habla el decir del hombre a través de los siglos. Y sin que sus palabras puedan ser carnadura de su dios. Sólo desde el silencio de sus hechos se hace pleno el amor, en su preñez de belleza, dolor y desconcierto.
Y el amor se hace carne en la ternura.
Y es esta encarnadura la que da a nuestra infinita finitud una posada en el universo.

HIJOS DE CAÍN, NO DE ABEL


  Caín da muerte a Abel - Tiziano

Las ofrendas de Abel agradaban a Elohim. No así las de Caín.
Caín deseaba que su ofrenda agradara a Elohim. No acertó Caín en la elección de su ofrenda. Y no atendió Elohim a su deseo.
No podía Caín matar a Elohim, pero sí a quien Elohim prefería. Caín mató a Abel, su hermano.
Nada nos dice el mito respecto del dolor de sus padres por la pérdida de Abel y el exilio de Caín.
Caín fundó pueblos, produjo el fuego e inventó oficios. De él aprendieron los hombres a habitar lo inhóspito.
Construyeron luego ciudades y en sus casas albergaron a sus hijos. Y las circundaron con murallas y puertas para defenderse de sus enemigos.
Todavía añoran los hombres el beneplácito de Elohim. Y el fratricidio aún perdura entre ellos.
Son ellos hijos de Caín. No de Abel.
El menosprecio del don ofrecido está en sus orígenes. Y el fratricidio fue para ellos su irracional secuela.
Es esta la genealogía de los humanos, según refiere un mito de raíces perdidas en Canaán.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ese algo de luz


     Se deja detrás de sí sólo aquello por lo que se ha vivido. No hay, en realidad, causas por las que se muere. Sólo las hay, de verdad, por las que se vive.

     No quita ello que sea la muerte aquello por los que muchos viven.

     Así, hay quienes dejan vida, y otros, muertes. Y, cada uno, la medida o la ausencia de su humanidad.

     De los dones de la vida, quizás el legado más humano -más fraterno- sea el de haber incrementado la lucidez.

   De todos los dones, ese algo de luz que, día a día y noche tras noche, alguien va encendiendo para sí desde la oscuridad de su indigencia, después de haber superado la encrucijada de optar entre la lucidez y el poder (incompatibles, por negar éste la fraternidad que la lucidez revela).

   Esa misma lucidez de la que quiso hacer partícipes a sus hermanos el último de los profetas de Israel, y que se tradujo en el mandato de no tener a nadie ni por maestro ni por señor, porque sólo Uno lo era... Mandato éste que es concreción eminente de aquel otro que consigna el Deuteronomio: el de elegir la vida.

   La herencia a dejar será la opacidad de la insignificancia (no ausencia sino oscurecimiento de lo significativo) o esa partícula de luz para esa partícula de universo que es el hombre. Ni poco ni mucho. Y, sí, la inconmensurable diferencia entre ser uno y ser nada.

     Hay momentos en que ciertos espejismos tornan falsamente luminosa la opacidad de las cosas, o se insinúa en ellos confortable y digno el ilusorio poder de sentirse uno maestro y señor. A veces acontece ese como exilio del alma en la oscuridad del sentido; hay insania, ausencia de sí, en el ausentarse uno del hermano. Esto ocurre cuando, en esa opción entre lucidez y poder, eligiéndose el poder se elige la esclavitud.

De ignorancia ignorada a ignorancia sabida


Todos viven sobre la tierra;
¿pero presumes acaso que 
todos y cada uno se
hayan dado cuenta de ello?
GOETHE

No es suficiente sentirnos vivos para asumir que de verdad lo estemos, por más que esta reticente y fugaz experiencia nos dé una sensación de plenitud. Es necesario descender hasta allí donde persiste todavía la nostalgia o el deseo de sentirnos tales. En esa sorda -y quizás prometéica- exigencia de que ha de encarnarse nuestra vida en un ideal, un valor, una misión o un destino. Como si siempre, desde allí, estuviéramos pensando que nuestra vida, para ser tal, debiera ser referente privilegiado de un sentido, portadora de un propósito.
Pareciera que ambos -sentido y propósito- tuvieran que ver con qué ha de ser vivido, por qué, para qué, para quién. Con actividades, fines, personas y causas. Y que a todas esas preguntas habrían de corresponderles respuestas precisas, inequívocas. Que, si nos detuviéramos en ellas, advertiríamos estar prefiguradas desde metáforas primigenias de raíces hundidas en la tierra nueva, siempre presente y siempre latente, de nuestra infancia. De cuando, en el aprendizaje del espacio y del tiempo, las coordenadas de ese castillo de maravillas, que día a día construíamos, eran la del reino de lo de arriba y de lo de abajo, de lo de dentro y lo de fuera, de lo de antes y lo de después. E, implicadas en  ellas, las del día y de la noche, las de lo claro y de lo oscuro. Fue así como aprendimos y construimos el ordenamiento de hechos y cosas que nos libró de perecer en el caos al que la vida parecía entregarnos. Y, desde allí y entonces, también adquirimos la costumbre -esa falsa seguridad- de pensar que aquella totalidad que llamábamos vida recibía su orden y su sentido desde esas mismas coordenadas. Pensamos que había cosas superiores en ella, y también bajezas. Que había una interioridad fontal de la que surgían ambas y cuyo destino se bifurcaba hacia la projimidad del otro y hacia el sí mismo. Que también en esto existía lo alto y lo bajo, la reticencia y la generosidad, los réditos del presente sobre el pasado y los réditos esperados del futuro. La frente alta y la frente baja. La seguridad de lo manifiesto y el temor de lo oculto. El ángel y el reptil. La mirada diáfana y luminosa, y la oscura y torva. Así, desde estas coordenadas se fue construyendo el sentido, pacientemente, época tras época, según matices y acentos. Y se fueron desgranando los propósitos, hacia él convergentes y de él siempre distantes.
 Pareciera que de este modo fuimos intentando darle nacimiento al sentido. Sentido constructo, piedra a piedra, palabra a palabra, metáfora a metáfora. Edificado, hecho casa, por el decir. Habitado por cada quien como aquello que nos habría de proteger del desamparo del caos y liberarnos, quizás, de la aniquilación. Pero, también, sentido construido desde el discurso de un decir siempre precario, conforme a esas coordenadas de la finitud, incapaces de darle un nombre al Deseo y a aquello que a él nos arrastra. Así, jamás pudo el sentido llegar a ser un hogar definitivo. Porque      siempre fue casa inacabada e inacabable, construida y, a la vez, destruida y recreada, siempre intentada desde ese decir que, necesariamente exterior a ella, indefectiblemente habría de permanecerle fuera, en la intemperie que desde siempre se le destina al que siempre construye y nunca finaliza. Empeño duro y pétreo como el de Sísifo. Con la diferencia de que sólo la obsesión, no el canto, alimenta, las más de las veces, el paradójico sinsentido inherente a toda construcción de significado.
 Raramente surge la advertencia o la sospecha de que, quizás, la vida trascienda, desde su innominabilidad, todo sentido asignado. De que, quizás, paradójicamente, sea ella más simple -la simplicidad es esencia de lo divino- que las construcciones que el hombre levanta y que las motivaciones que la cultura le induce. Quizás, poco o nada tengan que ver con ella lo alto y lo bajo, el dentro y el fuera, el antes y el después, lo claro y lo oscuro. Quizás sea ella más transparente en sus raíces que todo ello, más creativa y abierta, más divinamente una y simple.
 Es posible que no pueda ser adjetivada, constreñida por cualidades que la valoren o privaciones que la menoscaben. Quizás tampoco se pueda decir de ella que sea "buena" o "mala", según la adjetivación de "rica" que pudiera darle el dinero, o de "pobre" que pudiera brindarle su carencia. O la de prestigiosa, o de poderosa o, incluso, de amada, conforme a lo que los otros pudieran otorgarle. Quizás toda adjetivación que provenga de bienes o privaciones le sea incompatible, porque -también quizás- trascienda ella infinitamente a los bienes que la adornan o a las privaciones que la ocultan. (Es posible que adornos y ocultamientos pertenezcan tan sólo a la mirada y también es posible que toda mirada sobre la vida sea tan sólo una forma del decir...)
 Si esta fuera la advertencia o la sospecha, habría entonces que atenerse al vivir a secas. Vivir intensamente la vida desde la inmediatez del misterio de sí misma como epifanía y modo de ser del universo. Vida de animales, de árboles, de hombres. Vida. Vida de universo que cada uno es. Proceso siempre abierto de lo siempre único y nuevo en este cosmos infinito. De eso que en cada hombre es pensamiento único, palabra única, amor único y también cultura y socialidad peculiar e histórica. De eso que en cada ser vivo es expresión de una recreada energía siempre en pugna con su degradación, y que es, en el hombre que no ha extraviado su humanidad, creatividad negatoria de toda disolución. Y lo es precisamente porque ha hecho de todo dolor, de su dolorosa conciencia y de la imposibilidad de responder más que imaginariamente a su sentido, el objeto de su activa negación.
 La cuestión del sentido deja, entonces, de ser significativa. Así me parece. Y comienza a serlo la de "lo significativo". Que no sería otra que la del intento activo, siempre abierto, de la progresiva y humilde identificación de nuestra conciencia vivencial con la Realidad, o si se quiere, con el Universo, o la Creación, o la Acción, o como quiera nombrarse a la Vida misma.
 Se llega así a las puertas. Algunos las abrieron, después de haberlas encontrado. Eran las propias y a ello se animaron. Oírlos no es vano. Pueden ayudarnos a encontrar y abrir las nuestras.

ooo

Muchas veces pensé en estas cosas, como quien imagina, atónito, al árbol contenido en la semilla, y contempla su frondosa complejidad manifiesta y la abstracta naturaleza del germen oculto. Así de inquietantes, a la vez que abstractos, me parecieron estos pensamientos. Y sin embargo, entrañablemente presentes y tangibles, cuando cada mañana inicio mi labor y cada noche de ella descanso.
           
ooo

Me ha servido pensar que, en términos de esa misma inteligencia, lo significativo del vivir humano -de mi vida, de toda vida- es esa siempre recreada negación entrópica: la de la activa disolución de lo que indiferencia, de lo que asimila, masifica, erosiona, corroe, hiere, distancia. Y que ello lo experimento cuando mi mirada se abre a un día nuevo, a una sonrisa nueva, a una forma nueva, a un color nuevo, a un orden nuevo. Cuando mis manos dan una caricia nueva o cuando ellas la reciben. Cuando me surge un verso que se enhebra con otro y me nace el poema que a mí y al otro ilumina, consuela o abarca. Cuando a veces así también ocurre con mis pensamientos, después de lograr volcarse ellos en mis papeles de escribiente. Cuando en mi trabajo una idea, una  frase o una forma comienza a habitarme. Cuando una mirada tierna me sorprende o cuando me pierdo en las pupilas de mi hija. Cuando alimento un pájaro o acaricio un niño que se duerme en mis brazos o en el regazo de mi prójimo. O cuando doy agua al árbol sediento y calmo la sed de mi hermano. Cuando estas y otras cosas me ocurren, a pesar de todo el dolor que tantas veces he de beber quemándome las entrañas, ya no se cuál podría ser mi respuesta a la cuestión fatigosa de construir un sentido. Me parece entonces intuir -más allá de las conceptualizaciones de mi inteligencia- que hay un absurdo encerrado en la pregunta. Percibo que, aun si no lo hubiese, quedaría igualmente incólume mi ignorancia y también mi paz.
 Da sosiego sentirse universo o parte de él, e intuir que fue el mandato de una entropía negativa aquello que insufló Lo Innominado en la arcilla con que plasmó al hombre. Y que es ese el mandato: el de tornarse hombre el hombre preservando el imperio de la vida, frente a ese despotismo persistente de la muerte al que tanta avaricia, inequidad y despojamiento de tantos somete a tantos. A unos como desdichadas víctimas y a otros como indecibles victimarios. Son muchos, así, los que en vida pierden la vida a manos de aquellos que, en vida, neciamente ganan la muerte a cambio del despojo.
                         
ooo

Lo otro, las interminables disquisiciones a propósito de la construcción del sentido -las de tantos filósofos y adustos pensadores a través de los siglos- se van tornando un peso difícil de soportar. Quizás tenga, también la inteligencia, su edad. Quizás la nuestra sea aún demasiado adolescente para soportar sobre sí tantos "recuerdos de familia", o, quizás, haya prematuramente envejecido y ya no pueda asimilar tanta enfática construcción y tanto desmoronamiento de "sentidos" nuevos. No obstante, lo cierto  es que desde milenios el pensamiento humano persiste en reiterar este ciclo. Se diría que es también la vida la que genera en las culturas esa paradoja de erigirlos y desmoronarlos, de que los hombres intentemos respuestas  siempre inadecuadas ante el acertijo del sentido, que casi puntualmente -generación tras generación- pareciera enfrentarnos.
 Se me ocurre que aquellos que son capaces de imaginar que su indigencia es colmable y que el universo espera su palabra son los que también creen que es necesario el don piadoso o la piadosa limosna del sentido para que la vida no se agote ni el universo se aniquile. Son ellos los que, en el olvido de la vivencia de lo significativo, privilegian la construcción del sentido, habiendo dejado de advertir que lo significativo es de la esencia misma de la vida y que esa reiterada construcción es, quizás, tan sólo un reiterado e inconsciente recurso de la inteligencia contra la ansiedad o la angustia que en muchos todavía produce vivir en la intemperie, como en ella mora el universo que somos. Y que esto ocurre, generación tras generación, en el siempre recurrente y pedagógico intento que la vida hace para, de alguna manera, asegurarse de que nuestra mutancia se consuma, de que siendo hombres podamos tornarnos humanos.
Y también se me ocurre que es esa paradoja de construir y deshacer sentidos la que nos abre esta otra cuestión: la de percatarnos, desde la lectura de la vida misma, de esa su sabia e inherente pedagogía: aquella por la que hemos de ser conducidos, paso a paso -de ignorancia ignorada a ignorancia sabida-, a la toma de conciencia de que es a nuestro cuidado y pastoreo que este nuestro mundo  ha sido confiado. Que en ello está nuestro ser y nuestro  propósito. Porque es ello lo significativo. Como ya está contenido en el decir del Génesis.

 Fotografía de Mr DoS Josué Arévalo - www.flickr.com/photos/ El Pensador

sábado, 23 de octubre de 2010

El laberinto, metáfora del extravío.

El laberinto es una metáfora del extravío. Una metáfora de la conciencia perdida del existir. Casi una ausencia. Carece de substancia. Y su intento de geometría es vano.
No hay laberintos preexistentes a los que se ingrese por decisión o por azar. Cada conciencia extraviada va trazando el suyo desde su reiterado y angustiante otear la presencia del sentido. Por esto, todo laberinto es laberinto de miradas y de ansias. Y es su consistencia -o su levedad- la imaginaria del deseo y de su compulsivo apetito.
 Las miradas del laberinto son miradas que se miran a sí mismas en infinitos espejos desde los que se abren caminos infinitos e interminables. Que sólo pueden ser mirados, no recorridos. Caminos inconsistentes, sutiles, imaginarios. Obsesiones hipnóticas de miradas que anhelan encontrarse con el sentido que esperan y que, detrás de cada espejo, inconfesadamente imaginan serlo.
Nunca se habrá de matar al Minotauro. Significaría morir a todo deseo y a todo apetito, y morir, así, al sentido imaginado de sí mismo. Si esto aconteciera, el universo de muchos se desvanecería. Ya no  habría en él ni miradas, ni espejos, ni laberintos.
 Son las miradas de Teseo las que van trazando el laberinto. Y es Ariadna quien recoge cada una de ellas para que el regreso sea posible, porque no está libre de temores el alma joven del héroe.
Retornar depende de ese fragilísimo hilo y del imaginario supuesto de que el trazado de las miradas habrá de ser luminosamente geométrico y, así, fácilmente aprehensible por el recuerdo. El hilo se va hilvanando desde esa misma conciencia y desde esa supuesta geometría, y la frágil Ariadna es su incansable memoria.
La cuestión del retorno parece vana. El laberinto es la enmarañada urdimbre que febrilmente tejieron las miradas de Teseo. No el   camino de la luz y del sentido imaginado. No hay en realidad retorno posible. Sólo queda sostener la mirada vacía del Minotauro en las negras cavernas del útero vanamente añorado. No habrá hilo ni memoria. Ni miradas ni espejos. Será Teseo un hombre nuevo, en camino al Universo. Y Ariadna, la conciencia plena, luminosa y pacífica de cada instante. 
Es ésta la conciencia reencontrada de Teseo: que es una e idéntica la añoranza del útero y la esperanza del sentido.  

Ilustración: Teseo, de Antonio Canova, 1783.

Sólo el diálogo nos libera de las muertes mutuamente infligidas


Sólo el diálogo que intenta la verdad nos libera de las opresiones mutuamente infligidas.
Sólo el diálogo nos libera de la ilusión de la autosuficiencia.
Sólo el diálogo nos libera de la necedad en la que muchas veces nos acontece recluirnos.
Sólo el diálogo nos torna humanos.
Sólo siendo humanos accedemos a lo único que de verdad cuenta, más allá de la labilidad del poder y de la riqueza: esa mirada plácida, franca y serena en el encuentro con la mirada del otro.
Sólo el diálogo alberga la simiente del sentido y de la vida.
Sólo el diálogo nos libera de las cárceles mutuamente infligidas.
Sólo el diálogo.
En todas las instancias.
En todas las crisis.
Sólo el diálogo.


La autoría de la fotografía que ilustra estas líneas pertenece al Grupo Escombros.

jueves, 7 de octubre de 2010

El escritor más intenso


Johann Heinrich Füssli (1741-1825) 
El escritor más intenso es el que
sabe leer bien sus propios sueños.
Héctor Libertella

 Leer los propios sueños. Este sería el secreto. Como si ellos fueran un texto y tuvieran un lector atento: el escritor mismo. Lector, éste, muy especial. De aquellos que, además, lo son por oficio. De los que saben leer bien. Esto parece importante y, a la vez, obvio. No se trata simplemente de leer, sino de saber hacerlo. Sólo algunos poseen ambos privilegios. Tampoco lo de leer habría de tomarse a la ligera. Correría serio riesgo la intensidad del escritor. Y, finalmente, de descuido en descuido, de distracción en distracción, también su propia razón de ser.

A su vez, la escritura tendría que resultar necesariamente intensa. Así lo ha sido la lectura previa. Y el texto, al que ella se ha aplicado, resultar literalmente extra-ordinario, único, carente de comparación posible. Se trata de los sueños mismos del escritor.

Sueños oníricos, sueños-ilusiones, ensoñaciones, deseos profundos. Libertella deja abiertas, de par en par, las puertas de la polisemia. Se trata, a secas, de los sueños. Por lo demás, cada uno sabe a qué sueños es afecto, qué tipo de sueños lee, qué sueños padece.

Por último, la escritura -el texto final- no sería más que la pro-fecía, el oráculo desde cuyos labios el texto fundamental del sueño habla. La encarnación apofántica del verbo revelado en la escritura nacida de la lectura atenta. El escritor sería, a la vez, el lugar en el que el sueño revela, el intérprete atento y el mensaje. Delfos, la Sibila y su oráculo. Y, el lector, un Edipo ciego que busca la luz de su destino en los sueños profundos de un escritor intenso.

No soy escritor. Apenas si escribiente de papeles como éstos. Y, entre los tantos escribientes, de aquellos que lo son en ocasiones. Me pregunté, desde esta mi precaria diletancia, qué tipo de texto era el mío. Si realmente tenía algo que ver con aquellas texturas que entretejerían mis sueños. Si mi escritura, sin yo saberlo, intentaba expresarla. Y, en ese caso, si esa inevitable lectura era, a espaldas mías, atenta. Y me seguí preguntando hasta que advertí que, aunque escribiente, me comenzaba a agradar la idea de serlo intenso. Esta adjetivación de Libertella nunca se me había ocurrido y, por esto mismo, jamás la había pretendido. Conocida, se me antojaba importante. Comprometía no sólo mi habilidad de estar atento. Ponía en cuestión la existencia, en mí, de un texto. Respecto de éste, excluí que, si en mí había alguno, fuera de naturaleza onírica. Algunas veces tuve sueños que consideré extraordinarios por una cierta lógica narrativa en ellos y, también, por cierto atribuido simbolismo arquetípico que me llegó a parecer pertinente a algunas inquietudes e incertidumbres que aquejaban mi vigilia. Sin embargo, todos ellos finalmente me habían resultado como fragmentos de una inquietante escritura críptica, preexistente a la vez que no acabada, que concernía a todos y que, al mismo tiempo, se refería a mí. En fin, una urdimbre de signos cuyas mutuas y reales referencias presentía hallarse en su reverso -que sabía inaccesible-; signos que se me aparecían bajo la luz tenue de un claroscuro con zonas de sombras de espesura infranqueable. (A veces llegué a pensar que también los pensamientos que, en mi afán de objetivación, escribía en mis papeles no eran otra cosa que una extraña prolongación de esos mismos signos que incesantemente entretejían esa misma urdimbre, sin nunca poder llegar a saber ni su sentido ni su diseño).

Nunca pude extraer luz de esos sueños. No obstante, imprimían en mí un estado de ansiosa expectación. Me parecía que en ellos había como un intento de manifestarme algo acerca de aquello que yo presentía ser lo que más me importaba. Y seguía adelante. Me preguntaba por esos otros sueños. Por mis deseos más escondidos. Lo iba haciendo paso a paso. Máscara tras máscara. Hasta llegar -así me parecía- a un rostro desnudo, primigenio, en el que creía ver los rasgos de mi aspiración más profunda y protegida. Aquella que, como contrapartida, espejaba mi carencia más acuciante, ese apetito siempre insatisfecho de mis propias raíces en las entrañas mismas del Deseo. Carencia que me parecía intuir emparentada con las apenas aprehensibles resonancias de la metáfora bíblica del desierto. Muy cercana al sentir de Qohelet. Más allá de la evanescencia de todo fruto humano. Teniendo ella todo que ver -no sabría explicarlo- con Lo Innominado, en esa obstinada infinitud asintótica del Deseo (como en el intenso y sacrílego intento de cruzar el abismo de identidad que separa Sefirot y En Sof, el Todo y la Nada divina de la Cábala).

Fue entonces que me sentí invadir por el desánimo. Ese texto sí que me era casi del todo inaprensible. Por más que mi lectura fuera infinitamente intensa e, igualmente infinito, mi oficio de lector. Mi problema era la posición misma del texto que yacía en mí. Estaba ahí, deslizado hacia la otra orilla. Como estando en mí y, al mismo tiempo, fuera de mí. No podía llegar a ella por más que mi atención se intensificara y se extendiera. Comprendí que lo imposible sólo tenía que ver con mi único y precario lenguaje -lectura y escritura- posible: el de la metáfora. Ese texto estaba, casi del todo, echado en su cono de sombra, deslizado hacia la disimilitud.

Empecé de nuevo. Me recordé escribiente. Volví al consejo del escritor. Me esforcé por estar más atento, bien atento. Incluso entrecerré los ojos como hacían los griegos para poder atisbar el misterio (lo perceptible sólo por la mirada de ojos entrecerrados en el climax de la atención). Pero, nuevamente, lo único que logré entrever fue el mismo cono de sombra en cada una de las metáforas que intenté. En todas ellas, de una manera u otra, yacía indescifrable el mismo texto. La misma textura, la misma urdimbre de signos únicos y enigmáticos. Infinitamente familiares. Infinitamente indescifrables. Y, si algo nítido me pareció percibir -no ya leer-, fue que ese texto yacente tenía las vibraciones de Lo Innominado. Profundamente ligadas y acordes con las de mis propias raíces, pero extrañas a las de mis propias palabras.

Jamás podré escribir ese texto. Jamás podré ser un escribiente "intenso". Quizás sólo trazar palabras que logren inducir el presentimiento de ese otro texto imposible de hacer. Y si esto último se tornara posible, es mi sospecha que ese texto milagroso revelaría los sueños, no ya del escritor o del escribiente, sino del hombre -de cada hombre- que subyace en ellos y de quien ellos son apenas una resonancia, lejana y casi imperceptible.

Pensé que el ser humano más intenso sería aquel que supiera leer "bien" la imposibilidad de que sus sueños -aquellos que echan sus raíces en el cono de sombra de las metáforas primordiales- lleguen a ser textuables. También pensé, a la luz de esto, que no es posible el escritor descripto por Libertella, por más atenta que fuera su lectura e intensa su mirada. Que toda escritura de lo significativo se instaura en ser guarda y circunloquio del silencio. Y, finalmente, que escritor y escribiente, ambos, habrían de ser fieles a aquel precepto de Wittgenstein: de que aquello de lo que no se puede hablar, ha de ser callado, añadiendo, quizás, que, no obstante, han de ser metáforas del silencio las solas que justifiquen su escritura.